1/1/2020

Opinión

2020: El año de la desigualdad de género y la lucha que no descansa

En vísperas del cambio de año, los deseos son dos: que se caiga el patriarcado y una democracia sin femicidios.

Autor de la nota: Belén Acuña

Belén Acuña

Publicado el 1 de Enero de 2020


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Llegando el fin de año muchos son los balances que se hacen, en este 2020 tan negativo para las trabajadoras y trabajadores de todo el mundo, todas las conclusiones coinciden en lo terrible que fue el periodo de pandemia, que lamentablemente aún no ha terminado; no obstante, son las desigualdades las que hicieron de la dispersión del Covid-19 una verdadera tragedia y que hacen del día a día una odisea. En nuestro país, donde la mitad de la población vive en la pobreza gracias a cuatro años de endeudamiento externo, despidos masivos, inflación, paritarias a la baja y recorte, y vaciamiento de las políticas y servicios públicos; y a la pandemia que dio la estocada final a millones de familias que hacían equilibrio sobre la línea de pobreza; las más golpeadas son las mujeres.

Según el Observatorio de las Violencias de Género “Ahora Que Sí Nos Ven”, que se dedica a relevar y analizar medios gráficos y digitales de todo el país; entre el 1 de enero y el 20 de diciembre del 2020, fueron 298 los femicidios perpetrados, es decir 1 femicidio cada 29 horas. En un año marcado por el aislamiento para prevenir los contagios de Covid-19, el movimiento feminista volvió a alertar una y otra vez que el lugar más inseguro para una mujer, es su propia casa y que la medida que prevenía la enfermedad agudizaba las violencias de género; las cifras recolectadas por el Observatorio le dieron la razón a los colectivos feministas una vez más; el 65,1% de los femicidios de este año fueron cometidos dentro de la casa de la victima, en el 44% de los casos por su propia pareja, en un 20,5% por sus ex parejas y en un 11,1% por familiares cercanos.

Esto da cuenta que dentro del Estado, aunque el Gobierno Nacional haya decidido crear el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad; aún hay un abismo entre las políticas públicas que realmente se aplican y las problemáticas de las mujeres, porque históricamente falta perspectiva de género, pero sobre todo apreciaciones territoriales, federales y diversas para poder comprender y luego accionar sobre las graves situaciones que atraviesan a las millones de mujeres del país. Si el Estado solo se guía por cifras y no camina los barrios de nuestra Patria posiblemente aunque tenga las mejores intenciones, no podrá aplicar jamás políticas que le sirvan a las mujeres de carne y hueso.

Los femicidios son la expresión más visible de las múltiples desigualdades que sufren niñas y mujeres en nuestro país. Aunque 54 de las mujeres asesinadas habían realizado denuncias previas, a veces incluso más de una denuncia contra el mismo agresor; y 19 ya tenían medidas judiciales dispuestas; las otras cientos de víctimas no tuvieron acceso a la Justicia a tiempo y en la gran mayoría de los casos siquiera tampoco después de morir ya que sus asesinos están impunes o con penas menores. Del 23, 2 % de mujeres que fueron asesinadas en la vía pública, muchas de ellas figuraban como desaparecidas, pero la negativa de la gran mayoría de las comisarías a tomar las denuncias, tanto por violencia de género, como de desaparición de niñas y mujeres; hace que para cuando el Estado se responsabilice de interceder en el caso mediante los uniformados de las fuerzas locales o federales, ya sea demasiado tarde y la desaparecida está asesinada. La desigualdad en el acceso a la Justicia y a la Seguridad, son dos pilares claves sobre el que se construyen las terribles cifras de femicidios cada año.

No obstante, los femicidios no son un problema de inseguridad, no son comparables a un robo o al tráfico de drogas; los femicidios y las violencias de género en su amplio aspecto, son respaldadas por un sistema cultural, económico y de poder que se basa en la violencia y la exclusión. Si bien el capitalismo excluye a gran parte de la sociedad hundiéndola en la pobreza para así poder concentrar las riquezas y recursos en pocas manos, todas las desigualdades, económicas, raciales, culturales, etc, repercuten mucho más profundamente en las mujeres y niñas. 

Para ejemplificar, durante el segundo trimestre de este año, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el desempleo de la población mayor de 14 años en general llegó al 13,1%, si se desmenuza la cifra en géneros, vemos que para ese momento del año los varones de 14 a 29 años, que es el rango etario que más busca trabajo, rondaba en el 22,7%, mientras que las mujeres de la misma edad, llegaban al 28,5%. Esto no se da porque las mujeres no deseen trabajar o lo hagan mal en comparación con los hombres, sino por una desigualdad histórica en el acceso al trabajo.

Las mujeres trabajadoras ganan un 27% menos que sus compañeros hombres, aunque tengan más responsabilidades, estén más capacitadas y tengan mejor desempeño; lo mismo ocurre cuando un hombre y una mujer buscan empleo, aunque la mujer tenga por mucho un mejor currículum, la mayoría de las veces el trabajo se lo asignan al hombre.

Estas desigualdades en el ámbito del Trabajo, la Justicia y la Seguridad, que también se encuentran en la Educación, la Salud, el Acceso a la Vivienda y en todos y cada uno de los derechos sancionados en nuestra Constitución y los tratados internacionales firmados por Argentina, que debieran ser universales; son violentas, la desigualdad es violencia estructural y sistemática y el feminismo la llama “patriarcado”. El patriarcado allana el terreno no solo para que los Estados no cumplan con sus obligaciones para con las ciudadanas mujeres, sino que también avala la violencia individual de cada uno de los hombres que violentan. El hombre femicida, no está loco, ni enfermo, es un hijo sano del patriarcado, es uno más de los tantos que reproducen la violencia hacia las mujeres. Ese que hoy es femicida, fue alumno de una escuela, fue trabajador, fue consumidor de medios de comunicación, en definitiva, es parte de la sociedad que habitamos y construimos. Ese femicida es responsabilidad del Estado que no garantiza los derechos de las mujeres y es responsabilidad de la sociedad que a pesar del gran avance feminista que ha logrado imponer en la agenda pública las problemáticas de género, sigue naturalizando la violencia en todas sus formas.

Este 2020 fue la máxima expresión de la desigualdad, tras la gestión de la alianza Cambiemos con Mauricio Macri a la cabeza, que generó el escenario de  desigualdad económica y la pandemia que agudizó ese panorama donde las mujeres fueron quienes más sufrieron. Como si fueran poca cosa las violencias y vulneraciones de derechos, el 2020 profundizó las desigualdades cotidianas invisibilizadas; las tareas de cuidado, que con la pandemia se agudizaron ya que hubo millones de enfermos, personas mayores que debieron ser asistidas, niños y niñas que se quedaron en casa y precisaron mucha más atención y tareas del hogar que se multiplicaron exponencialmente; en un 94% según cifras oficiales, fueron cargadas sobre los hombros de las mujeres, porque los hombres siguen sin tomar esa responsabilidad a pesar de vivir en la misma casa, también ser padres de esos niños, ser hijos de esos viejos o ser quienes deberían cuidar a la persona enferma.


No obstante, las mujeres fueron también las más organizadas para resistir y luchar contra la desigualdad. En los comedores y merenderos, casi la totalidad de las personas que lograron ponerle una comida en la panza a las familias enteras que pertenecen a los millones que están bajo la línea de la pobreza o en la más cruda indigencia; fueron mujeres. La mayoría del personal de salud que se ocupaba del cuidado de las personas infectadas de Covid-19, fueron mujeres. La mayoría de las personas que lograron sostener la educación pública a pesar de la distancia, de no contar con los insumos necesarios y la poca preparación que había para la situación en el sistema educativo; fueron mujeres. Además, luego de décadas de lucha, el movimiento feminista logró conquistar el derecho de todas las personas gestantes a decidir sobre sus cuerpos y la planificación de sus vidas con la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Los deseos para este 2021 que entra a los tumbos luego de tantos golpes duros durante el 2020, se resumirán en solo dos, uno que ya es consigna feminista “Que se caiga el patriarcado” y otro, que desde hace meses venimos alertando desde este diario como una urgencia, “una democracia sin femicidios” es decir, con igualdad y sin violencias de género.

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