5/6/2021

Sociedad

Ciencia Nativa: Radares en el horizonte

INVAP lanzó una nueva serie de radares primarios tridimensionales de uso militar y concretó su primera exportación de radares civiles. De qué manera la empresa estatal rionegrina interactúa con la Fuerza Aérea Argentina y otros organismos en la fabricación y uso de estos sistemas, que permiten un desarrollo tecnológico propio.

Autor de la nota: Carlos de la Vega

Carlos de la Vega

Publicado el 5 de Junio de 2021


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Cuando en gran parte del mundo la noticia diaria excluyente versa sobre la evolución de la pandemia generada por el Sars-Cov-2 y Argentina sufre una terrible segunda ola; la empresa tecnológica más importante del país sorprende con dos hitos de positiva trascendencia global. El 3 de marzo de 2021 con la presencia del presidente de la nación, Alberto Fernández, el gobierno nacional firmó en Bariloche un contrato con INVAP por 9.200 millones de pesos para la producción e instalación de cinco nuevos radares primarios tridimensionales de largo alcance de empleo militar. Antes de que finalizara el mismo mes, la empresa estatal rionegrina anunció la suscripción de otro contrato, esta vez con la empresa Jampur International FZE, radicada en los Emiratos Árabes Unidos, concretando la primera exportación de radares de Argentina cuyo destino final será Nigeria.


El camino recorrido

Cuando se dice que en las últimas décadas el sector de la defensa nacional sólo sufrió desinversiones se afirma algo que es parcialmente cierto y, a la vez, falso. No es que no haya muchos déficits en el rubro que exijan una pronta solución, sino que en los últimos años la Argentina se embarcó en algunos desarrollos en este campo que la han proyectado a la cima del ranking tecnológico mundial. Si de cuestiones de defensa se trata, la incursión en el diseño y fabricación de radares ha sido, sin duda, una de las iniciativas más relevantes, tanto por la determinación con la que se la llevó a cabo como por los logros alcanzados.

Aunque la historia de los radares argentinos registraba varios antecedentes previos vinculados con el sector espacial, el hito constitutivo de su desarrollo como política estatal se materializó en el Decreto PEN N° 1407/2004 por medio del cual el entonces presidente Néstor Kirchner creó el Sistema Nacional de Vigilancia y Control Aeroespacial (SINVICA). En 2011, el SINVICA tuvo una derivación trascendental, el Sistema Nacional de Radares Meteorológicos (SINARAME). En la confluencia de estas vertientes, la Argentina se transformó a lo largo de las dos décadas recientes en uno de los no más de 20 países que disponen de tecnología propia para la concepción y producción de radares de diferentes tipo: secundarios de empleo civil, meteorológicos, de apertura sintética y primarios tridimensionales de medio y largo alcance de uso militar.

El eje de todos estos logros ha sido la empresa estatal rionegrina INVAP que, con el contrato hecho público por el presidente Alberto Fernández en marzo pasado, presentó una nueva serie de radares militares, los RPA-200.


Trayectoria

La contrapartida de INVAP como desarrolladora y productora de radares son las empresas e instituciones que emplean esos productos. En el caso de lo militar, el rol principal le cabe a la Fuerza Aérea Argentina (FAA) como responsable de la operación de los radares primarios tridimensionales.

El vicecomodoro Claudio Reigert, director de Sistemas de Vigilancia y Control Aeroespacial de la FAA, especialista en radares y guerra electrónica, se encuentra involucrado en el desarrollo de estos sistemas desde 2008 y ha sido uno de los responsables del vínculo entre su institución e INVAP.

Reigert formó parte del equipo que hizo los requerimientos técnicos operativos (RPO) de los radares y capacitó a la gente de INVAP en las cuestiones atinentes a la guerra electrónica para que ellos pudieran entender lo que se necesitaba y las razones de ello. Esto comprendía aspectos como “por qué la antena debía tener baja firma infrarroja o por qué debía contar con bajos lóbulos laterales, y cómo se puede atacar a un radar de distintas maneras, desde lo destructivo, hasta lo no destructivo” (ver gráfico debajo), recordó el vicecomodoro en diálogo con TSS. Todo ese conocimiento resultaba fundamental para el proceso de desarrollo que INVAP llevó a cabo a principio de siglo de un producto totalmente nuevo, y era información que el usuario del sistema debía brindarle.

“La experiencia (de trabajo con los radares) fue positiva, muy enriquecedora desde lo técnico y de gran desarrollo profesional, en el sentido de que todo lo que sucedió con INVAP a partir de la proposición de la necesidad de un sensor de tres dimensiones, de largo alcance y militar, fue muy bueno”, manifestó Reigert.

Un elemento en el que se destacó INVAP en su trabajo con la FAA fue su apertura para atender a las solicitudes del cliente. “El desarrollo de un radar de bajas prestaciones, no de largo alcance, como hace INVAP, sino del tipo de los que miden la velocidad en la ruta, la tecnología de emitir radiofrecuencias y recibir su registro, su rebote, no es una cosa, hoy en día, ajena a un pequeño emprendimiento –explicó Reigert–. Lo que le pone un valor agregado particular, que es lo que hizo INVAP, fue satisfacer las demandas de la FAA en cuanto a la parte de protección electrónica (conocida también como contra-contra medidas electrónicas del área de guerra electrónica), y el desarrollo de la consola operativa de defensa aérea que tiene el radar. Estas y otras características son las que transforman un radar primario en uno de uso militar”.

Los radares desarrollados por INVAP incluyen el protocolo de transmisión de información radar Asterix, un estándar internacional que permite que esos sistemas se comuniquen con toda la red de control y vigilancia del espacio aéreo, compartiendo la información que cada sensor capta y, a su vez, recibiendo la información de planes de vuelo que emanan de los centros de información de tránsito aéreo. La fusión de estos datos permite contar con un panorama más clara de quiénes utilizan el espacio aéreo, lo que implica una ventaja operativa imprescindible en la actualidad.


Actualizando logros

“Hoy en día, desde el punto de vista de la tecnología de los radares, la empresa (por INVAP) está en lo más avanzado del estado del arte y la experiencia de funcionamiento de los equipos es muy buena”, manifestó Reigert.

Los radares primarios tridimensionales militares de INVAP RPA (por Radar Primario Argentino) son equipos fijos que operan en banda L (ente 1 y 2 GHz) con un alcance instrumentado de 240 millas (444 kilómetros, aproximadamente). La longitud de onda con la que se trabaja determina el tamaño de la antena que se requerirá y ésta, a su vez, el alcance con el que se contará, además de otras características.

Los nuevos RPA de INVAP poseen una ingeniería de base similar, aunque no igual, a la primera serie pero con varias mejoras significativas en lo que hace a prevención de fallas, mantenimiento y operación, generación de la señal y capacidad de adquisición y seguimiento de blancos (ver gráfico).

Toda una familia

En lo que respecta a radares militares, INVAP también desarrolló el RPA-170M, una versión móvil con antena más reducida y 170 millas (314 kilómetros) de alcance. El RPA-170M debutó exitosamente en la protección de la cumbre del G20 realizada en Buenos Aires, a fines de 2018.

En simultáneo con los desarrollos propios de radares, INVAP modernizó, a su vez, dos de los cuatro Westinghouse AN/TPS-43 de fabricación estadounidense que la FAA posee desde la década de 1970. Uno de ellos estuvo desplegado en Puerto Argentino durante la guerra de las Malvinas, en 1982.

Las mejoras y actualizaciones introducidas por INVAP en estos radares, que pasaron a denominarse MTPS-43, consistieron en la modernización y ampliación de las contra-contra medidas electrónicas, la digitalización del procesamiento de señales y de la presentación de los datos, la incorporación del protocolo Asterix y la mejora del confort de la cabina de operación interna. Uno de los MTPS-43 ha reemplazado recientemente al viejo TPS-43 que operaba desde Santa Cruz, vigilando parte del espacio aéreo patagónico y del Atlántico sur.

Estaba prevista, asimismo, la modernización de los dos TPS-43 restantes y la adquisición por parte de la FAA de otros dos RPA-170M más, pero restricciones presupuestarias han frenado, por el momento, esos planes. De modo análogo, la intervención de INVAP en los TPS-43, radares móviles que operan en banda S (2 a 4 GHz) y que, por lo tanto, cuentan con una antena más reducida en sus dimensiones, tenía como propósito que la empresa rionegrina aprendiera la tecnología para luego embarcarse en el desarrollo de sus propios equipos. Este proyecto, también está suspendido por el momento.

INVAP ha trabajado también en otras tipologías de radares, con el Ejército Argentino (EA), la Armada Argentina (ARA) y la propia FAA. Para el primero realizó una modernización y extensión de la vida útil de los viejos radares doppler de vigilancia terrestre Rasit. Con la segunda, llevó a cabo los ensayos de un radar de apertura sintética (SAR por sus siglas en inglés) aerotransportado. Algo similar está haciendo con la FAA, con otro SAR instalado en el prototipo del IA-53 Pucará Fénix. En los planes futuros está la idea de desarrollar un AWACS (radar aerotransportado de alerta temprana y control), sistema también incluido en las previsiones del SINVICA y que le daría a la Argentina una capacidad de vigilancia aeronáutica única en América Latina.

Más allá de los radares

Los radares militares no operan en solitario. El control y defensa del espacio aéreo requieren de la integración y centralización de la información que estos sensores captan, a la que se suma la que aportan los radares civiles, y todo ello debe combinarse con instrumentos de disuasión y neutralización de potenciales amenazas.

La red argentina de radares secundarios civiles de control del tráfico aéreo está actualmente compuesta por 27 unidades, mientras que la militar cuenta con 13 radares (ver detalle). La FAA posee un centro de comando y control en Merlo, Provincia de Buenos Aires, donde concentra la información de ambas redes, a la que se le suman otros datos, como los planes de vuelo de las aeronaves que operan en el espacio aéreo nacional.

En caso de conflicto armado, los centros de comando y control fijo han demostrado un alto nivel de vulnerabilidad al ataque de un oponente dotado de una significativa capacidad aérea. Asimismo, está la amenaza de accidentes que puedan afectar la operatividad de esos centros. En previsión de ello “cada vez que hay una misión concreta real [como fue la vigilancia del G20], se establece un lugar alternativo (de comando y control), más allá de Merlo, con autoridades y con capacidad de recepción de la información y de decisión. También se realizan ejercicios preparatorios, ya que no hace falta que exista un ataque para que esto se necesite. Ante la eventualidad de una falla técnica o de un problema, no es una opción quedarse sin cobertura de defensa de vigilancia aérea”, explicó Reigert.

En el futuro, la Argentina podría contar con varios centros de comando y control aeroespacial para relevarse entre sí en una situación de emergencia, al estilo de los cuatro CINDACTA (Centro Integrado de Defensa Aérea y Control de Tráfico Aéreo) que posee Brasil. O, incluso, se pueden desarrollar unidades móviles con ese fin.

Junto con los radares y otros eventuales sensores que relevan lo que está pasando en los cielos, un país debe tener capacidad para detener cualquier amenaza que se presente. La aviación de combate es el medio idóneo para cuando se desea proyectar poder o cuando la intervención no necesariamente implica la eliminación de un blanco, pero ante la necesidad de la destrucción de un elemento agresor dentro del propio espacio aéreo, los misiles son el instrumento más efectivo. Incluso su costo de adquisición y operación es inferior a, por ejemplo, un cazabombardero supersónico.

En el área misilística, la Argentina tiene un gran déficit. Sobre el tema, Reigert destacó: “Siempre se están haciendo esfuerzos para conseguir una defensa aérea integral que incluya no solamente los elementos de detección, sino también los vectores que lleven elementos agresivos y que permitan una defensa aérea puntual. Ahí entran los misiles y la artillería, o los sistemas de defensa antiaérea de tubo. Actualmente se están evaluando en la FAA distintas ofertas que se han tenido”.

En 2012, la entonces subsecretaria de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico del Ministerio de Defensa (MINDEF), Mirta Iriondo, inició una ronda de consultas entre las Fuerzas Armadas y diferentes instituciones y empresas argentinas, entre las que se encontraba INVAP, para el inicio de un programa nacional de desarrollo de misiles. La ARA demostró un especial interés en la iniciativa y se organizó una jornada de trabajo de varios días en la Base de Puerto Belgrano. Sin embargo, la renuncia de Iriondo a su cargo frustró el avance de una idea que bien podría retomarse en el presente.


Soberanía y exportación

Con la venta de radares a Jampur, INVAP parece comenzar a reeditar el exitoso sendero que ha venido forjando desde hace 40 años en el sector nuclear y que la ha llevado a exportar complejos y onerosos reactores a países desarrollados. “Esta venta se enmarca en un modelo de negocios que en INVAP siempre hemos sostenido –le dijo a TSS Vicente Campenni, gerente general de la empresa–, en el cual no nos preocupamos solo por desarrollar soluciones tecnológicas que sirvan a las necesidades internas del país, sino que, a partir de ellas, se puedan obtener productos exportables que generen trabajo en la Argentina y contribuyan a traer divisas”.

Proceso de fabricación de los radares primarios tridimensionales de uso militar RPA-200. Fuente: INVAP.


“Se debe conservar a lo largo del tiempo el desarrollo de medios propios para la defensa nacional –enfatizó Reigert, sobre la producción nacional de radares–, con empresas locales, que nos dan soberanía en lo tecnológico”.

Si bien los radares que exportará INVAP son de uso civil, como derivan de desarrollos militares realizados para la FAA, y como se estila en todo el mundo, no incluirán elementos específicos que hacen a la defensa argentina u otras que están protegidas por acuerdos de confidencialidad.

Para Reigert, el vínculo forjado entre INVAP y la FAA “no es una mera relación, sino una alianza estratégica. A nivel usuario es muy buena porque uno no tiene, por lo general, la oportunidad de sentirse satisfecho, escuchado, cuando uno plantea algo en particular. Con INVAP tenemos la posibilidad, cuando tratamos un requerimiento específico que ellos van a desarrollar, de proponer los cambios que hagan falta para lograr un mejor producto. Uno puede comprar algo en el mercado internacional y lo que adquiere es un paquete cerrado. Para que le hagan una modificación implica un gasto enorme. Con INVAP, dentro de los márgenes de los contratos, hemos tenido el mejor de los resultados porque siempre ha satisfecho las necesidades que hemos planteado”.

La capacidad de “escuchar al cliente” por parte de INVAP ya había sido una virtud puesta en práctica por la empresa en sus exportaciones nucleares con excelente resultado. La adjudicación de la construcción del reactor experimental y de producción de radioisótopos australiano OPAL en 2000 se había conseguido, no por presentar la cotización más barata, sino por haber tenido INVAP la apertura suficiente para preparar un producto según las necesidades de la autoridad nuclear australiana, en lugar de proponerle una oferta pre elaborada y cerrada como suelen hacer los grandes proveedores internacionales.

El desarrollo de los radares argentinos, y la complementación entre INVAP y el Gobierno nacional a través de diferentes agencias, entre ellas la FAA, pero no es la única, permite mostrar lo que señala en uno de sus trabajos sobre el tema Juan Martín Quiroga, docente e investigador de la Universidad Nacional de Rio Negro: “Pese a la dependencia tecnológica, es posible desarrollar capacidades que, con el tiempo, la complementación entre distintos tipos de organizaciones, y un apoyo político adecuado pueden constituir insumos para lograr tecnologías soberanas. Este tipo de tecnologías son generadoras de nuevas capacidades, conllevan la creación de puestos de trabajo calificados, disminuyen la dependencia, son susceptibles de generar ahorros de divisas y, eventualmente, exportarse como bienes de alto valor agregado”.



Carlos de la Vega es integrante de la agencia TSS de la Universidad de San Martín. 
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