9/10/2021

Opinión

Conjetural

Retazos de Historia Nativa para ejercitar la imaginación en un futuro distópico, en el que se consuma “el pecado original de una nación que se pretendió federal pero se constituyó unitaria”. Carlos Caramello, en la incansable labor de hacernos pensar, nos ofrece una punzante conjetura.

Autor de la nota: Carlos Caramello

Carlos Caramello

Publicado el 9 de Octubre de 2021


Imagen de la nota 'Conjetural'

“Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos”.

Jorge Luis Borges


Maliciemos 
que la cosa sería distinta si el grito independentista del Congreso de Arroyo de la China no hubiese recibido las sordinas de Buenos Aires. Si la mala prensa de Artigas (tan mala que hoy no tenemos ni una imagen de aquel político oriental que no quería dejar de ser argentino) no hubiera eclipsado sus buenas intenciones. O por lo menos si los diputados de la Ciudad del Puerto no hubieran ganado en esa refriega inicial de sacar a “(Nos) los representantes del pueblo de la Nación Argentina” de Tucumán para traérselos cerquita de la Aduana, del poder económico concentrado, a la urbe-cuna del centralismo nacional.

Imposible. Lejos, en ese tiempo que hacen fuerza por borrarnos, Urquiza (dándole la espalda a un Mitre en retirada) al paso de su montado entregó buena parte de la Patria… al menos de aquello que se cifra en la palabra. Y ese gesto de  traición despectiva instituyó la costumbre del permanente acoso que ha impuesto la metrópolis al resto del país. Tan permanente y sistemático como la deserción de una dirigencia provinciana que, como diría el vate García Moreno,  "duerme con los visitantes y juega con los locales”.  

Demasiada sangre atropellada corriendo bajo el puente de la Historia como para que nos hagamos los inocentes. El unitarismo cerril, cada vez más envalentonado en su poderío económico (y también en el deseo urgente de los que no  son pero quieren ser), trabaja de llevarse las cosas por delante: personas, cargos, instituciones, razones, sentidos… mientras las focas hacen su show y aplauden sin misericordia por sí mismas. 

Tarea de una historia circular que se  perfeccionaría más tarde en la Batalla de los Corrales, con un Carlos Tejedor tratando de destejer perversas alianzas pseudo-federales con una ciudad de Buenos Aires que se desperezaba amiga de las provincias pero se había soñado centro de todo. 

Lo de siempre: las ambiciones de un puñado de hombres enfrentados. Las mismas prácticas. Los mismos nombres… o similares: Bartolomé Mitre, Julio Argentino Roca, Nicolás Avellaneda, Pedro Goyena, José María Moreno…

Y, sobre todo, las mismas instituciones: la Cámara de Comercio, el Club industrial, la Sociedad Rural y la Orden masónica financiando la compra de armas. Y, un tono más abajo de la euforia, también los mismos muertos. Un millar largo de cadáveres anónimos, porque el Pueblo siempre es “el que pone la sangre”. 

Corsi e ricorsi. Presumamos que la escaramuza continúa (no es demasiado difícil imaginarlo). Y que, aunque las huestes federales estén dispersas y golpeadas -de tantas veces que nos han pasado a degüello, muchas con la complicidad de algunos  infiltrados”- aún queda un conato de vida, un fueguito de esperanza, esa convicción que empuja como un deseo. 

A esa épica habremos de dar curso en la certeza de que el Centro nos ha traído más desgracias que bendiciones: epidemias, virus, hambre, desarraigo, soledad, ausencia… pestes siempre teñidas de amarillo.

Reaccionar requiere del ejercicio de imaginar aquello que pasaría en ese futuro distópico no tan distante si, el Superior Tribunal de Justicia de la Ciudad Autónoma, munido de un poder omnímodo que le permitiese revisar todas las sentencias dictadas a lo largo y ancho de la patria, consuma el pecado original de una nación que se pretendió federal pero se constituyó unitaria. Y en un golpe de muñeca, le otorga la suma de todos los poderes a su nuevo virrey: Horacio Rodríguez Larreta, conspicuo sobrino nieto de aquel otro Horacio que, en 1930, legalizó 50 años de golpes de estado en la Argentina.

Si eso ocurriese, la plutocracia reinante gobernaría complacida esa Argentina para pocos que vienen soñando desde 1810. Aunque los chicos duerman en las calles sobre frías veredas recién embaldosadas; los locos convivan con el terror de ser reprimidos con balas de goma, como los jubilados, y los maestros, y las mujeres de los barrios.

Entonces se levantarían escuelas privadas sobre las cenizas de los libros y los cuadernos arrancados a los niños pobres. Y se edificaría todo lugar bello para que lo ocupen los pocos que tengan dinero para pagar en dólares el metro cuadrado. Y los medios y los bardos cantarían las hazañas de su majestad Horacio Primero de la Santa María del Buen Aire aunque la polución no permita respirar y el hedor del Riachuelo se vuelva indisimulable. Y la salud sería un albur atado a las prepagas. Y la libertad una cuestión financiera.

Conjeturas. Sospechas de cómo se cocina el minestrón si el pueblo no despierta y detiene esta locura. Aunque está claro que se vuelve arduo pensar cuando pega el hambre. Cuando los ojos grandes de tus hijos pierden ese brillo. Pero, attenti: mientras los entretienen debatiendo con sus estómagos vacíos, les birlan la comida y la esperanza.
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