23/10/2021

Opinión

Economía y pueblo. Tras la huella de Gabriel Monzón

Un economista que ha procurado hermanar, estrechar, dos dimensiones que el cientificismo y el pensamiento liberal se empecinan, no por casualidad, en mantener a una distancia insalvable: economía y pueblo. Compartimos un homenaje a Gabriel Monzón.

Autor de la nota: Leandro Greca

Leandro Greca

Publicado el 23 de Octubre de 2021


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La trayectoria de Gabriel Monzón es de una sola pieza. Su compromiso con la vida de nuestro pueblo no ha sido óbice para el rigor profesional que lo ha caracterizado. Por el contrario, ha procurado hermanar, estrechar, dos dimensiones que el cientificismo y el pensamiento liberal se empecinan, no por casualidad, en mantener a una distancia insalvable. Hablamos de economía y pueblo. En esa juntura, en ese punto de no retorno, ha depositado Gabriel su energía como docente, como militante, como asesor parlamentario y como servidor público sin dejar de prestarle la debida atención a los temas de largo aliento, a aquella estrategia de raigambre nacional tantas veces proclamada y pocas veces realizada.

Los precios, los salarios y el nivel de actividad, más aún en este contexto de pandemia, han sido sus obsesiones. Un raudo repaso por sus intervenciones, en redes y medios, atestigua esta preocupación por la economía real. Allí lo podemos encontrar evocando al General Perón al señalar al bolsillo “como la tripa más sensible”. Y en un ejercicio deontológico, también lo hemos escuchado definir a su disciplina como una ciencia social “más allá del mundo financiero”. Para Gabriel, la economía no es más que un instrumento “para brindar bienestar y satisfacer las necesidades de la gente”. En ese sentido, no se ha privado, en el último tiempo, de analizar con honestidad intelectual las respuestas estatales, en sus diferentes jurisdicciones, y el desempeño de los funcionarios frente al inesperado e inaudito desafío de la emergencia sanitaria por el Covid19.

Gabriel Monzón no le corrió el cuerpo a la batalla de ideas, en especial, al debate con sus “colegas” del campo adversario. Acuñó, con pasión, la teoría del valor parándola sobre sus pies, situando al trabajo como la variable más significativa, como centro explicativo de la riqueza y la dignidad humana. En simultáneo, criticaba a la teoría subjetiva del valor más preocupada en ponderar, en abstracto, la utilidad que el mercado le asigna a los bienes y servicios.

El contrapunto evidente era con los más conspicuos representantes criollos de la escuela austríaca, los cuales vienen siendo propalados, minuto a minuto, desde los medios de comunicación. Son la cabecera de playa de una renovada ofensiva oligárquica resuelta a sepultar el fuero laboral, las empresas de bandera, las prestaciones sociales y todas las mediaciones institucionales orientadas a atenuar las asimetrías existentes en la relación capital-trabajo. Al debatir con los economistas del establishment, Gabriel le ponía el cascabel al gato, hablaba con nombre y apellido. Ejercía su actividad dignamente sin necesidad de escudos corporativos.

Otro de sus sellos distintivos fue su pedagogía amable y ocurrente. Profesor, después de todo, siempre tenía a mano una metáfora, una ilustración, un ejemplo para sus alumnos, compañeros y ciudadanos de a pie. Lejos de la vulgata y del pavoneo de aquellos que cancherean en contra del empleo público y los haberes previsionales, utilizaba las equivalencias para denunciar los verdaderos desequilibrios propiciados por el poder internacional. Cuando, hace un mes, Argentina abonó casi 1.9 mil millones de dólares al FMI en concepto de pago de capital del acuerdo stand by contraído por la administración macrista, Gabriel tuiteó: “Son 1572 millones de litros de leche, 315 millones de kilos de asado y 786 millones de kilos de yerba”.

Efectivamente, a la deuda externa la vivía como la historia de un despojo. Se ocupó en desentrañar la operatoria de los fondos de inversión, del trading, de las calificadoras de riesgo y de desmitificar a los índices que se presentan como certezas absolutas, ejemplo el riesgo país. Se empeñó en echar luz sobre los cantos de sirena del sector financiero. Militó en favor de las reestructuraciones de deuda soberana. Durante el final del segundo mandato de Cristina, cuando arreciaba la pelea con los fondos buitres, Gabriel jugó un papel destacado en su rol como Secretario Técnico de la Confederación Parlamentaria de las Américas (COPA). Desde ahí, gestionó en las diferentes legislaturas del continente posicionamientos en apoyo a la causa nacional. Asesoró a las diferentes delegaciones sobre el tema en cuestión buscando siempre la mejor manera de comunicar el significado del conflicto. Abrió generosamente su agenda para otros compañeros que estábamos en la misma pelea.

Cuesta hablar de él en tiempo pasado. Hace muy poquito tuvimos que lamentar su partida física. Gabriel estaba contento con los cambios recientes en la Secretaría de Comercio interior y seguramente estaría ahora bancando con fervor el control de precios como cualquier otra medida dirigida a darle una mano al pueblo en este momento tan delicado.

Padre, peronista, ricotero, cuervo, compañero de su compañera. Somos muchos los que lo vamos a extrañar.

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