25/12/2021

Sociedad

“El republicanismo se define a sí mismo como un régimen entre desiguales”

Ante la proliferación de discursos radicalizados, las distintas formas de violencia y los delitos de odio, el investigador Juan Acerbi habló con Vanina Lombardi de la agencia TSS de la UNSAM sobre el rol y las debilidades de las nuevas tecnologías informáticas aplicadas a la seguridad en las sociedades democráticas contemporáneas.

Autor de la nota: Vanina Lombardi

Vanina Lombardi

Publicado el 25 de Diciembre de 2021


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“A diferencia de la democracia, que pretende un momento de igualdad, el republicanismo se define a sí mismo como un régimen entre desiguales. Por ejemplo, genera la posibilidad de suspender la ley y las garantías ciudadanas, de dar muerte legal a un ciudadano o de investir una figura política con la suma del poder público, ya que el derecho primario es la defensa de la República”, sostiene Juan Acerbi, investigador y profesor en la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF).

Acerbi, que forma parte del Centro Ciencia y Pensamiento de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y es también docente de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), orientó sus estudios en Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires (UBA) hacia la filosofía política clásica. Luego, comenzó sus estudios de posgrado inclinándose en hacia la Teoría Crítica y el cruce entre ambos enfoques lo llevó a preguntarse si las máximas de la retórica clásica se podían aplicar a los discursos totalitarios actuales. Durante su doctorado en Ciencias Sociales, también en la UBA, se abocó a tratar de detectar qué aspectos del republicanismo clásico persisten en las democracias contemporáneas y, sobre todo, cuáles se vinculan con la capacidad estatal de dar muerte a un ciudadano.

Si bien la democracia está asociada con el acto eleccionario, los cargos rotativos, el uso público de la palabra y que cada ciudadano pueda ser elegido para cargos públicos, y si bien el republicanismo tiene algo de eso, su impronta sobre un país que se llama República Argentina se da más en tener un Congreso, un Senado y un tipo de Poder Ejecutivo que se equipara en algún punto con la figura del Cónsul Romano, sostiene Acerbi. “Nosotros tomamos esa matriz y si esas instituciones siguen vigentes, ¿cuál sería la figura actual equivalente a lo que entonces era el Homo Sacer, la persona a la que legalmente el Estado podía dar muerte?”, se pregunta el investigador y agrega que “hay una palabra que hace que alguien, sobre todo en Occidente, pierda prácticamente todo derecho y garantía: la palabra terrorista”.

 

¿A qué se refiere con “terrorista” y cómo se refleja esto en países en la Argentina y en América Latina?

A pesar de los imaginarios que rápidamente nos llevan a vincular el terrorismo con los ataques a las torres en Nueva York, la enorme cantidad de atentados que ocurren en el mundo responden al denominado terrorismo doméstico. Este ocurre cuando la persona que hace el atentado, el target contra el que atenta y el territorio donde atenta son el mismo. Luego, hay declinaciones o usos del terrorismo. Por ejemplo, se habla de terrorismo ambiental, económico, financiero, computacional, pero no hay un consenso que nos permita apelar a una suerte de definición que sirva para decir que alguien es o no es terrorista. El terrorismo no tiene una definición y eso es un problema, porque entonces cada uno puede acuñar su propia definición. Entonces, aquellos a los cuales otros tienen el suficiente poder de ponerles la etiqueta, lo hacen. Y lo que hemos comprobado en los últimos años, y esto nos lleva muy rápidamente a la Argentina, es que hay sectores de la población que abrazan el hecho de que una parte de la población es terrorista. Para determinados sectores, el hecho de que una mujer acceda en condiciones seguras y garantías por parte del Estado a practicarse un aborto, por ejemplo, representa un acto terrorista, en términos de que violenta esa suerte de mandamientos sobre la vida, la familia y la patria.


Ante la falta de una definición concreta, entiendo que considera al terrorismo en un sentido amplio y abarcativo de distintas formas de violencia.

Sí, me siento muy cómodo con los trabajos de Noruega sobre estas problemáticas. Ellos no dudan en hablar de terrorismo, crímenes de extrema derecha y delitos de odio, todo junto. Y concretamente, el hecho de prender fuego a una persona en situación de calle, en realidad ancla con una de las definiciones que se están aceptando a nivel mundial de lo que es un delito de odio, que es el hecho de que hay personas que sufren o deben sufrir naturalmente por su condición. Para volver al plano de la Argentina, algunos sectores se han movilizado directamente con un discurso que sitúa al otro como una amenaza seria para la sociedad, el país y el futuro. Esa es una forma discursiva muy común, precisamente para mostrarnos que estamos ante un peligro inminente. Son dimensiones que están muy presentes en el día a día de los medios pero que no suelen ser entendidos o problematizados desde el punto de vista académico.

 

En su artículo “Terrorismo, tecnología y sociedad en el siglo XXI”, que fue publicado recientemente, se refiere a las implicancias del uso de las nuevas tecnologías informáticas y de inteligencia artificial aplicadas al campo de la seguridad para prevenir situaciones de terrorismo. ¿Podría ampliar esta idea?

Aceptar el problema del terrorismo nos condujo a un callejón sin salida. Si efectivamente hay que estar atentos a todos, todo el tiempo, esto parece imposible. Por un lado, parece habilitar legal y abiertamente el hecho de que todos tenemos que estar bajo observación, se fue construyendo una suerte de consenso, explícito o implícito, de que esto es así. Por otro lado, pareciera que, dado que es imposible controlar a todos todo el tiempo, se encontró esta necesidad, entre comillas, de controlar con ciertos valores que se fueron instalando en nuestras sociedades, como los de la eficiencia, la supuesta neutralidad y la seguridad. ¿Quiénes encarnan los conceptos de eficiencia, neutralidad y seguridad? Los sistemas informáticos.

 

¿Son discursos e ideas que se fueron fortaleciendo durante las últimas décadas?

Sí, antes de la pandemia ya había ciertos discursos que postulaban que siempre era mejor y más seguro no salir de casa ni interactuar con nadie, como las aplicaciones de home banking o las que permitían pedir comida desde casa. Si uno analiza las publicidades, parecía que todo eso venía a anticipar lo que vivimos con la cuarentena. De hecho, la pandemia vino a cristalizar algunas formas que estaban dadas bajo el discurso del terrorismo o antiterrorismo, y es posible rastrear compañías que, en tiempo récord, han implementado y se animaron a hacer públicas determinadas aplicaciones en nombre de la prevención de los contagios. En algunos casos, se animaron a decir que en realidad ya venían probando características de algunos programas que tenían que ver con la trazabilidad de las personas, con poder saber qué hacían, programar algoritmos que adivinen con quiénes nos íbamos a encontrar y reconstruir, en el mundo digital, una suerte de mapa interrelacional de lo que buscamos o compramos, por ejemplo.

En el artículo también advierte que en la esencia misma del proceso del algoritmo ya hay  problemas. ¿Cuáles son?

Hay dos problemas. El primero es que el lenguaje humano es intraducible al de la programación. Entonces, cuando hablamos con un programador y le explicamos lo que queremos, piensa una traducción y realiza una codificación, que es la intencionalidad de la ley, codificada a lo que el lenguaje de programación puede darnos. Hay auditores de algoritmos que estudian las consecuencias reales y materiales de ese desvío, a veces pequeño y a veces no tanto. Por ejemplo, hace poco se dio a conocer un caso, en Estados Unidos, que sistemáticamente dejaba afuera de una convocatoria al 80% de las mujeres que aplicaban. El problema que viene anidado con esto es que las variables en el mundo de la programación son parametrizadas. Quienes estudiamos ciencias humanas y sociales estamos acostumbrados a pensar en variables no parametrizadas, como género, edad, lugar de residencia y nivel de ingresos. Los sistemas inteligentes las vuelven parámetros que ninguno de nosotros, y muchas veces los programadores tampoco, podríamos explicar. Por lo tanto, cuando queremos pedir explicaciones, muchas veces aparece el famoso “es el sistema”, y no siempre hay alguien que nos pueda explicar lo que el sistema decidió.

 

¿Y el segundo problema?

Otro problema, de índole práctica, es la limitación que tienen los algoritmos para analizar la información que circula en Internet. Si bien son muy poderosos, no pueden analizar todo en tiempo real. Además, la inteligencia artificial funciona muy bien con oraciones bien escritas, pero si se las empieza a alterar, rápidamente surgen problemas para comprender lo que estamos diciendo. Por otro lado, todos estos análisis y pruebas se suelen hacer en plataformas dónde circulan abiertamente los discursos, como Twitter o Facebook. Y la pregunta que obvia es: ¿Cuántos terroristas van a estar planificando un atentado mandándose mensajes por Twitter? Una de las formas más comunes del terrorismo es la del lobo solitario, que es una persona que no le manda mails a nadie, que no archiva nada en su computadora y utiliza una VPN (red privada virtual). Si queremos que una tecnología pueda detectar esto, ¿cuál es el costo que su uso puede tener en materia de derechos?

 

En su artículo también se refiere al vínculo entre amenazas, seguridad y soberanía. ¿Cuál o cómo sería ese vínculo?

No es posible pensar el concepto de soberanía sin vincularlo directamente con la vida, con un territorio determinado y con las violencias, en plural, a las que estamos expuestos. Somos una parte de un todo pero no estamos todos expuestos a las mismas amenazas, es interesante entender que el nosotros nunca es total, sino que siempre es parcial, y el problema son esos otros que siempre quedan más expuestos.

 


Vanina Lombardi es integrante de la agencia TSS de la Universidad Nacional de San Martín
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