3/4/2021

Política

Entre la formalidad y la realidad, los dilemas de la democracia

Argentina transita sus días entre el peligroso crecimiento de contagios por la segunda ola de Covid 19 y la exhibición estadística del flagelo inocultable de la pobreza. En el medio de estos dramas cotidianos, a las fuerzas electorales del país, se le incrusta en la agenda de su política el calendario de las próximas elecciones legislativas.

Autor de la nota: Fernando Gomez

Fernando Gomez

Publicado el 3 de Abril de 2021


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Una cámara de eco es un espacio hueco que se utiliza para producir, como marca su nombre, eco. Desde hace tiempo se utiliza su definición como metáfora para ilustrar los entornos virtuales en el que se expone la información, ideas políticas o sistemas de creencias y éstas quedan atrapadas en espacios en los que se repiten hasta el cansancio con el objetivo de reforzar las convicciones y censurar matices o lecturas encontradas que surjan fuera de su entorno. Una suerte de máquina de producir aquello que luego se define como grieta.


La hipermediatización de la agenda política y la virtualización extrema de los comentarios que recibe esa agenda, terminan encerrando peligrosamente a la vida democrática en una cámara de eco de marcados entornos institucionales.


Aquellos que habitan la vida institucional del país, por momentos, se aferran al espacio seguro que otorga el debate entre iguales, allí donde el temario que exige su opinión, no está impuesto por la dramática realidad social que atraviesan millones de compatriotas, si no, por sus propia convicción de la realidad.


El 30 de marzo, bajo la aparente preocupación del crecimiento de los contagios, en la Casa Rosada, tuvo lugar un encuentro convocado por el Gobierno Nacional junto a la oposición para construir un acuerdo institucional que permita suprimir o aletargar el calendario de las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) que tendrían lugar el 8 de agosto de 2021.


Apenas 24 horas después, el INDEC incrustaba el resultado estadístico de las estimaciones de pobreza del año 2020 en el medio de una agenda de gobierno que relata una recuperación económica que no puede encontrar reflejo alguno en la vida cotidiana de la enorme mayoría de nuestro pueblo.  

Se advierte así un problema formal del funcionamiento democrático que se traduce en el debate de cómo, cuando y bajo que procedimientos nuestro pueblo irá a las urnas para elegir a sus próximos representantes en el Congreso Nacional.


Se evidencia, también, una amenaza real para la vida democrática de la Argentina y que habrá de acompañar el horizonte futuro de nuestro país. La pobreza, la que arrastramos por responsabilidad excluyente de la agenda económica del gobierno encabezado por Mauricio Macri y la que se acumuló en tiempos de pandemia, aunque no sólo como consecuencia de la aparición de un virus en el mundo.


En junio de 2019, el Papa Francisco advertía que la democracia en el mundo estaba en peligro. “No hay democracia con hambre, ni desarrollo con pobreza” decía el sumo pontífice, y aseguraba con lucidez que “La economía de los papeles, la democracia adjetiva, y la multimedia concentrada generan una burbuja que condiciona todas las miradas y opciones desde el amanecer hasta la puesta del sol”.


Sobre el cierre de la década del 90 y el inicio del nuevo milenio, una consigna advertía sobre el riesgo futuro de la vida democrática del país: “con desocupados no hay democracia”, alertaba en los albores de una crisis de representatividad política gigantesca que no ocupaba las preocupaciones de la vida institucional del país.


La historia es conocida por todos. En diciembre de 2001 la democracia encontró un punto de inflexión, ya no podía ejercitar su apariencia de vitalidad en un contexto de miseria crónica. Quien supo comprender esa explosión de realidad en la cara de una clase dirigente subordinada a la burbuja de pretensiones del poder económico fue Néstor Kirchner.


La segunda recuperación democrática que conoce nuestra historia reciente lo tuvo por protagonista junto a Cristina Fernández. La valorización de la política como herramienta transformadora de la realidad tuvo su base de sustento en la generación de trabajo, la recuperación del salario, la reconstrucción del mercado interno y el constante ciclo de inversión pública en una red de contención social que hacía viable la vida institucional del país.


Porque en definitiva, para una fuerza política que asume el desafío de gobernar los destinos del país, su principal amenaza es no poder encontrar el fuego de la voluntad política que le permita resolver la vida cotidiana de los argentinos y las argentinas. La oposición, su vitalidad o fortaleza, es apenas una consecuencia del fracaso en resolver los problemas de trabajo, salarios y pobreza que flagelan la vida de la mayoría.  

Como prueba de ello, nuestra historia reciente nos recuerda que se cumplen diez años de aquella elección en el año 2011 en la que Cristina Kirchner se impuso por el 54% de los votos, obteniendo cuarenta puntos de diferencia sobre la segunda fuerza electoral de aquel entonces. La participación electoral alcanzó el 80% y semejante demostración de vitalidad democrática estuvo precedida por el mayor nivel de enfrentamiento con el poder económico por parte de un gobierno nacional en el tiempo reciente.


Pero también, a consecuencia de ese enfrentamiento, es que se pudieron encontrar respuestas políticas a la necesidad de jubilar millones de compatriotas, hacer parir la AUH y generar un ciclo de inversión pública fabuloso que permitiera la recuperación del trabajo. La mejora en el salario real, relataba una Argentina ubicada al tope de las estadísticas de la región. Fue sobre la base de éstos factores que la democracia se fortalecía, los resultados electorales apenas operaban como consecuencia de ello.


Sobre esa memoria, cercana en el tiempo, deberán encontrarse respuestas que nutran la agenda política de la Argentina.


Sucede, en apariencia, que las fuerzas con representación electoral de nuestro país viven cómodamente en una cámara de eco que relata la existencia de una polarización que alimenta sus expectativas de supervivencia institucional. Describen problemas, se reparten culpas y encuentran responsabilidades ajenas ante cada drama social que atraviesa la vida cotidiana de los argentinos.


Y esa fórmula puede ser útil para quien ocupe circunstancialmente el rol de oposición en la vida democrática, pero puede ser un gran problema para quien tiene la responsabilidad de asumir los destinos del gobierno.


En nuestro país, con 42% estadístico de pobres y una realidad social dramática, la salud de la democracia no se verifica en la formalidad electoral plagada de candidatos, listas y el exhibicionismo de individualidades que la acompañan. La salud de la democracia se juega en la capacidad de encontrar respuestas políticas para frenar el saqueo que produce el poder económico, generar trabajo y distribuir la riqueza.


Y si en el promedio de los últimos seis años, Cambiemos fue una fábrica de pobres y el Frente de Todos no puede encontrar respuestas a semejante drama social, y para peor, se encierra en la cámara de eco en la que sólo susurra la agenda del poder económico, la mayor amenaza a la democracia no va a ser el resultado agrietado de una contienda electoral. Si no, el abismo que separa la representación política de la Argentina de una creciente apatía social.  

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