25/6/2022

Opinión

Francia Márquez y la “doctrina rosenkrantz”

Columna de opinión de Eduardo de la Serna, sacerdote católico del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres.

Autor de la nota: Eduardo de la Serna

Eduardo de la Serna

Publicado el 25 de Junio de 2022


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Colombia es tierra desangrada. La vida cotidiana está amenazada por la muerte frecuente. Décadas y más décadas de sangre. Muerte que no es una vida que se apaga serena y generosamente, sino que es arrancada y arrebatada. En ese contexto, después de tanto, ¡demasiado!, tiempo, el pueblo colombiano decidió provocar un cambio. Un país con voto optativo tuvo la menor abstención en décadas y el menor voto en banco, también en muchos años… Muchos vislumbraron en el Pacto histórico la posibilidad de que, sencillamente, la vida sea vida, o que esta no sea un “falso positivo”. A eso, que tiene el subversivo nombre de “paz”, en lenguaje bien colombiano lo llamaron “nos merecemos vivir sabroso”. Poder trabajar la tierra sin ser desplazados por los violentos, poder mirar a la cara a hermanas y hermanos sin tener miedo de que no lo sean, poder compartir momentos de “tinto” o cerveza con otros y con otras…

Pero para el establecimiento, lo establecido, el establishment, vivir sabroso parece ser gozar del propio bienestar. Tener mesas abundantes, calefacción en tierra fría, aire acondicionado en tierra caliente, algún jacuzzi, servidumbre (que sirvan y me sirvan). Vivir sabroso es estar cómodos. Y que los que no lo están – quizás por falta de méritos meritocráticos – busquen por sus propios medios estarlo. Pero, además, bien lejos mío, porque siempre serán sospechosos. Todo el mundo sabe que los ricos no roban y los pobres son ladrones a los que, a veces, les falta la “ocasión, que hace al ladrón”. Así que, indígenas, negros, empobrecidos, gamines y demás, bien lejos. Desplazados, preferentemente. Claro, como yo siempre he vivido bien, eso es “vivir sabroso”; del resto no voy a ocuparme. Creo.

Pero resulta que, de golpe, una mujer negra (que no lo disimula, sino que, para peor, se viste “como negra”), que nació en el Cauca, trabajó como minera y como “sirvienta”, resultó electa como vicepresidenta de Colombia. Y, para el establecimiento, como ahora podrá vivir en la casa que el Estado tiene para quien ocupa ese cargo vicepresidencial, parece que ella sí va a poder “vivir sabroso”. Es decir, parece que, para ciertos sectores, no solamente vivir sabroso es vivir aburguesadamente, sino que ella, y no los casi 52 millones de colombianos, son los que podrán vivir sabroso. A esto, en lenguaje argentino lo llamamos chiquitaje, y en lenguaje universal, estupidez.

Claro que se podrá decir que los costos no alcanzan para que todos los colombianos vivan sabroso, porque ahora sabemos que donde hay una necesidad, pues, bueno, hay una necesidad. ¡Qué barbaridad! (como decía Susanita) ¡y listo!, pero como no alcanza, que cada quien se ocupe. O que asuma la libertad de morirse de hambre, o que venda órganos, o que “si quiere andar armado, que ande armado”. Al fin y al cabo, de eso los colombianos estarán acostumbrados.

Claro que existe otra posibilidad: que haya quienes militen por la vida, militen por la paz, militen por la esperanza. Que haya quienes dejaron de trabajar su tierra y de vivir tranquilos o tranquilas en su casa del Cauca, dejaron de ejercer como abogada y ganarse el pan y peleen por las demás, los demás, les demás. Para que, sencillamente, otros – todos – también puedan vivir sabroso. Porque “nos merecemos”, pero no por “meritocracia” sino porque tenemos ese derecho. Porque la Colombia humana, del baile y la música, “merece” que ese baile y ese canto tengan un motivo, y que celebren y vivan todos y todas. “Porque solo el bambuco tiene permiso de hacer llorar el alma de una nación” (como canta Eugenio Arrellano, músico del Valle del Cauca, en su tema “Hay que sacar al diablo”).

 


Eduardo de la Serna es sacerdote cristiano del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres. 

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