4/12/2021

Opinión

La infodemia: ¿Y la vacuna contra el catastrofismo mediático?

Los dispositivos multimediáticos salen a la caza de usuarios-consumidores que les permitan aumentar su recaudación publicitaria. En medio de la pandemia, juegan como propagandistas de burócratas, políticos y laboratorios.

Autor de la nota: Victor Ego Ducrot

Victor Ego Ducrot

Publicado el 4 de Diciembre de 2021


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Se trata de un virus alguna vez calificado con el neologismo infodemia, que también provoca estragos en los cuerpos y almas de la especie humana. ¿Tradición amarillista en busca de beneficios por parte de los medios tradicionales? Los tiempos cambiaron y ya no se trata te titulares escandalosos que desde el morbo generalizado puedan capturar lectores entre las páginas de los viejos diarios y revistas de sucesos. Hoy se trata de dispositivos multimediáticos a la pesca de usuarios-consumidores, que posibiliten jugosas participaciones en la torta publicitaria privada y pública. Actúan como vectores propagandísticos en una trama que reúne a burocracias gubernamentales, políticos profesionales y sobre todo a poderosas empresas, en especial laboratorios. Esas prácticas comenzaron con el día uno de la actual pandemia COVID. Tuvieron una vuelta de tuerca cuando el surgimiento de la variante Delta, hace meses, y ahora con la aparición de la Ómicron parecería ser que la maquinaria de manipulación de mentes y estados de ánimos está por alcanzar niveles de paroxismo.

Con un texto de David Leonhardt, el pasado 30 de noviembre el diario The New York Times (NYT) destacaba: “Como ha sucedido tras la noticia de cada nueva variante de coronavirus, muchas personas se enfocarán en los peores escenarios. Los titulares alarmantes pueden hacer parecer como si la pandemia estuviera a punto de volver a empezar y las vacunas fueran impotentes para detener la variante”.

Oportunas palabras las del NYT, es justo reconocerlo aunque más no sea como rareza, porque la tradición de ese diario tantas veces nos recuerda al magnate fundador Randolph Hearst, cuando, entre finales del XIX y principios del XX, les llevaba tranquilidad a los presidentes William McKinley y Theodore Roosevelt al explicarles más o menos lo siguiente: no se preocupen por Filipinas, ustedes pongan el Estado y sus ejércitos, que, con mis diarios, yo me encargo de mantener vivo el conflicto y justificarlo.

La columna de Leonhardt llega en medio de un maremágnum mediático mundial de catastrofismo desenfrenado, en el cual la dimensión vernácula, sobre todo en su versión televisiva, que es la de mayor influencia y capacidad de daño – en combinación con los multiplicadores digitales: redes sociales y demás –, aspira, como siempre, a ocupar un lugar destacado en la historia local de la infamia.

No quiero aburrir con citas que están al alcance de cualquier lector o usuario atento. Sólo basta recorrer los principales canales de noticias del país, como TN, A24, La Nación plus, Crónica TV y C5N.

Ahí están sus musicalizados urgentes, los que, salvo excepciones incluyen noticias que ya fueron o que si son, aparecen sin contexto alguno, apenas con comentarios carentes de relevancia.

También las presencias infinitas de médicos y especialista varios que parecen estar más en la tele que en sus lugares de trabajo, y las más de las veces vinculados con algún proyecto empresario de desarrollo farmacológico. Es decir, lobistas de sus propios intereses que aprovechan los temores y ansiedades de millones de televidentes.

Tampoco faltan en nuestros canales de TV compatriotas de diversos oficios desparramados por el mundo que, quiero suponer, con las mejores intenciones ofician de comentaristas improvisados de las realidades sanitarias de Londres, Roma o Jerusalén, por ejemplo. Una joyita de las artes desinformativas.

Lugar destacado ocupan en esas pantallas figuras de la fauna política. Suelen referirse a cualquier aspecto de la pandemia siempre con un solo objetivo: llevar agua para su molino, a cualquier precio, y sin inmutarse ante las evidencias de sus afanes manipuladores.

Se trata de conductas desplegadas por unos y otros. Alguna vez tendrían que dar cuenta (unos y otros) sobre el daño que provocaron cuando llegaron a acusarse (unos y otros) por las olas de contagios en sus respectivas jurisdicciones. Y podría seguir.

En ese marco, el desfile de dirigentes y no tanto de la derecha por los canales de TV es constante y sus discursos al cual más irresponsable.

Un solo caso. Esta semana, el diputado electo de encendida verba cuasi fascista, José Luis Espert, dejó boquiabiertos a los conductores de un programa de entrevistas cuando admitió no haberse vacunado porque entiende que no hay evidencia sobre la calidad de las vacunas.

Antes de continuar valga la siguiente aclaración: no se trata de menospreciar la situación sanitaria ni de minimizar los peligros que corremos.

Al contrario, durante el año 2020 y buena parte del 2021 los humanos casi todos dejamos girones de nuestra existencia, en sufrimientos, soledades, miedos, confinamientos y muertes de las cuales aun no pudimos elaborar sus duelos.

No todos pasamos por lo mismo. Aunque el COVID atacó y ataca a cualquiera, el escenario pandémico y hasta la enfermedad no se desarrollan con equidad: sufren más lo pobres, los trabajadores, los de a pie; ya que arriba, en el poder, todo es más fácil y hasta pasible de ser vivido entre impunidades.

Por eso esta suerte de advertencia, de duda con angustias acerca del rol lacerante, valga otra vez el neologismo, de la infodemia catastrofista; que no contribuye a sanación alguna, como sí previenen y hasta sana en cambio ser rigurosos a la hora de aplicarnos las vacunas que correspondan – es hora de que la misma sea declarada obligatoria -, y continuar en forma racional con los cuidados y las profilaxis que indican las autoridades sanitarias.

Al revés, la infodemia enferma. Mata.

 

Algo más

Se reportaron casos de Ómicron en Holanda, probablemente anteriores a su descubrimiento en Sudáfrica, lo que evidencia el carácter casi geopolítico, etnocentrista y prejuicioso de quienes rápidamente hablan de una cepa africana, tal cual y por supuesto, lo reproduce el aparato mediático cuasi planetario.

De comprobarse que, efectivamente Ómicron proviene de África estaríamos ante la más clara confirmación del alto costo del egoísmo por parte de los países centrales, sus gobernantes y sus laboratorios que, como los de la Unión Europea y Estados Unidos, acumularon vacunas en forma despiadada. Los unos para hacer política, los otros para hacer negocios.

En ese sentido, la BBC de Londres consignó sobre el inicio de la semana las siguientes declaraciones de Ayoade Olatunbosun-Alakija, copresidenta de la Alianza Africana de Entrega de Vacunas de la Unión Africana: la situación actual es el resultado inevitable de acaparar vacunas y dejar a África por fuera. La pandemia de la Covid-19 es un problema global, así que solo saldremos de esta globalmente.

Por otra parte, durante un programa de TV emitido por  la RAI, de Italia, en el medio día argentino del domingo último y respecto de un punto álgido sobre el tablero político europeo de cara a la pandemia, dirigentes políticos de distintos espacios, especialistas en epidemiología e intelectuales arribaron al siguiente acuerdo: para frenar los eventuales efectos de la Ómicron y de otras variedades de COVID que puedan aparecer, la clave consiste en desactivar las militancia anti vacunas, que son anti salud pública; y avanzar en programas masivos de inmunización, a partir de  consensos o de mecanismos que regulen los disensos – aplicación de la autoridad legal –, con resguardo de las garantías constitucionales.

En el mismo programa se recordó que las campañas anti vacunas han influido en forma determinante para que, en varios país europeos, la población inmunizada apenas llegue al 50 por ciento. Esas campañas están a cargo de los sectores políticos más reaccionarios y las nueva organizaciones anti sistema, que también se expresan por derecha, dada la crisis de representatividad que afecta al escenario político contemporáneo (valga ello para entender que nuestros Javier Milei son apenas un variante local de una patología global).

Aún no se sabe cómo operará lo que acaba de acontecer, según informó el jueves 2 de diciembre el diario Página 12, entre tantos otros.

Johann Biacsics, líder anti vacunas de Austria (uno de los países europeos con más baja tasa de población vacunada) falleció por la enfermedad a los 65 años. Según la prensa local, se auto medicó con dióxido de cloro.

Y en Italia: Lorenzo Damiano, líder del movimiento anti vacunas contrajo coronavirus. El hombre encabezaba hasta ahora a un grupo llamado No Vax, y recibirá el alta hoy. Aun internado, ya adelantó su cambio de postura. «Claramente, mi visión ha cambiado, estoy listo para decirle al mundo lo importante que es seguir colectivamente la ciencia, la que te cura y te salva», afirmó, al tiempo que adelantó que cuando pueda se vacunará. Su caso ocurre en momentos en que Italia, uno de los países más castigados por la pandemia, comienza a aplicar la dosis de refuerzo a los mayores de 18 años. La población mayor de 12 años está vacunada con dos dosis en un 84,5 por ciento.

 

Mientras tanto

¿Por qué aquello de nuestros primeros párrafos acerca de la evidente campaña manipuladora de masas que resulta del comportamiento mediático de mayor influencia?

¿Tradición amarillista en busca de beneficios por parte de los medios tradicionales?

Los tiempos cambiaron y ya no se trata te titulares escandalosos que, desde el morbo generalizado, puedan capturar lectores entre las páginas de los viejos diarios y revistas de sucesos.

Hoy se trata de dispositivos multimediáticos a la pesca de usuarios-consumidores, que, contabilizados en tanto rating, posibiliten jugosas participaciones en la torta publicitaria privada y pública, o, llegado el caso (tan frecuentes resulta), ingresos millonarios por diversos canales disimulados.

Actúan como vectores propagandísticos en una trama que reúne a burocracias gubernamentales, políticos profesionales y sobre todo poderosas empresas, en especial laboratorios.

 

Abramos algunos interrogantes

¿A cuántos miles de millones de dólares podrían ascender las facturaciones de cada uno de los laboratorios fabricantes de vacunas si se hacen necesarias nuevas y más nuevas versiones de cada una de ellas, en la medida que sigan surgiendo nuevas y más nuevas mutaciones del COVID?

¿Podrían los laboratorios trazar semejante estrategia comercial sin la participación activa, anuencia, complicidad o como quieran denominar a esa especialidad conocida como servicios remunerados, por parte de los Estados centrales?

En ese sentido recordemos que el despegue de las investigaciones y puestas en marcha de todas las primeras vacunas contra el COVD, fueron financiadas por los Estados (centrales).

¿Quiénes ocupan los lugares decisivos a la hora de legislar o tomar las decisiones de  Estado que puedan requerir las corporaciones farmacológicas? ¿Y cuáles serían los aranceles por esos solícitos servicios?

¿No son desde hace años sospechadas de corrupción la OMS y otras organizaciones del sistema de Naciones Unidas (ONU)?

¿Se desenvuelven estas con lógicas similares a las enunciadas en nuestras dos preguntas respecto de los Estados?

¿Se replican acaso por goteo y hacia abajo esas mismas lógicas en la periferia, entre los países dependientes y sus elites en el poder?

¿Cómo se sintetizarían en términos económicos, sociales y políticos las tensiones y colisiones al interior del sistema capitalista global, entre corporaciones que demandan una suerte de pandemia naturaliza e infinita y otros sectores, mayoritarios y de distintas facciones productivas y laborales, que se ven afectados por esa naturalización y consiguientes recortes o cierres?

Planteado ese último interrogante de otros modos: ¿Qué sectores del poder económico ganan y cuáles pierden con un mundo maniatado por el COVID, sus cepas y las vacunas? ¿A qué etapa del capitalismo global estamos viajando, azorados?

 

Y para el final

¿Alguien puede considerar la posibilidad siquiera de un mundo surgido de esas entrañas bajo signos de interrogación sin el  disciplinamiento social y cierto imperio autoritario de sentidos que tan solo pueden crear, difundir y sacralizar los dispositivos mediáticos de mayor influencia, a escala global, regionales y nacionales?

En tanto, tal vez nos aguarde un destino de miedo. A estar solos pero también a estar acompañados, a tocarnos entre nosotros. Un destino alejado de los espacios comunes, íntimos y sociales, que nos hicieron humanos.

Quizás. Tal vez.

 


Victor Ego Ducrot es periodista, escritor y profesor universitario argentino. Docente de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata

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