1/10/2022

Opinión

Los revolucionarios debemos volver a las recetas exitosas

"La importancia de identificar alianzas y el rol de los sectores revolucionarios en las mismas, así como comprender las limitaciones propias del reformismo y de todo aquello que produce como nuevos sujetos políticos, nos ayudará a la hora de definir el camino más efectivo y menos traumático para concretar los objetivos de cambio revolucionario."

Autor de la nota: Prof. Dr. Fernando Esteche

Prof. Dr. Fernando Esteche

Publicado el 1 de Octubre de 2022


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Pasado el primer movimiento de la contraofensiva restauradora reaccionaria que las clases dominantes emparentadas con el proyecto Imperialista (la plutocracia sin patria) llevaron adelante en nuestra región contra la ofensiva popular de fines del siglo pasado y principios de este, que construyó gobiernos nacional populares en gran parte de nuestro territorio, y que organizó un edificio supranacional con un claro sesgo autonomista (CELAC; UNASUR; ALBA-TCP); se producen rebeliones, insurgencias de distintos grados y desobediencias que vuelven a coronar en los gobiernos expresiones políticas que a simple vista pareciera se tratan de restituciones o avances populares. 

Esta singular situación abrió lugar a la ilusión de grandes sectores sobre la naturaleza del ciclo regional que atravesamos y reabrió un debate plurisecular sobre la verdadera naturaleza de las propuestas reformistas. 

La importancia de identificar el carácter de cada una de estas alianzas y el rol de los sectores revolucionarios en las mismas, así como comprender las limitaciones propias del reformismo y de todo aquello que produce como nuevos sujetos políticos, nos ayudará a la hora de definir el camino más efectivo y menos traumático para concretar los objetivos de cambio revolucionario. 

Por eso ofrecemos estas discretas reflexiones nacidas no desde la mera contemplación intelectual sino desde el intento de construir teoría revolucionaria como militantes.


Reformismo-transformismo

Hay dos elementos que entendemos deben condicionar toda la acción política como son la Vocación de Poder y la Estrategia. Sin alguno de los dos se caerá en desvaríos erráticos; sin uno es medio imposible tener lo otro, pero hay tanto en la viña del señor que no ahorramos posibilidades. 

El debate que nos importa podríamos decir que es una reedición de Reforma o Revolución, problema nodal en la II internacional que estructurará y emblocará distintas corrientes durante siglo XIX, XX, y lo que va del siglo XXI. Puede adquirir nuevos formatos y nuevas nomenclaturas o categorías, pero en esencia creemos nosotros se trata del mismo debate. 

Reformismo, oportunismo, progresismo y transformismo. Todas variables o aggiornamientos de una actitud conformista y con pretensión esterilizadora de la clase trabajadora. No dejan de ser, en el sentido más estricto, formas de administración del Orden democrático burgués. 

Podríamos identificar los anclajes sobre los que se disparan nuevamente estos debates en dos etapas bien definidas que son:

1) el mal llamado posneoliberalismo que se instala en la última etapa del siglo xx y tiene su apogeo en la primera década siglo xxi, los gobiernos con vocación nacional popular, y   

2) las recuperaciones electorales actuales que hacen ilusionar a muchos analistas en el surgimiento de lo que van a llamar “nuevo ciclo progresista”.[1]

Sobre el primer anclaje debemos señalar que en general en la etapa de gestión de los mal llamados gobiernos posneoliberales (en cuanto a la categorización más divulgada que creemos errónea), el modo de acumulación del capital, en su carácter financierista, desarrolló una formidable acentuación de las tendencias de concentración de riquezas y de financiarización, produciendo la re-primarización de los modelos productivos por lo cual se acelera la predación y el saqueo. No hubo cambios en las estructuras de propiedad productivas.

Sin embargo, sería necio no advertir un elemento que es seguramente el que ha mantenido la fortaleza de procesos como los de Venezuela y Nicaragua, y que es la subjetividad popular y conciencia nacional que han generado. Esto último alentado por una adecuación de los ingresos que permitió una corta primavera económica entre los sectores más humildes. Pero principalmente tuvo que ver con aquello de “meter el pueblo en revolución”, no se trata de lo estructural sino de lo subjetivo, por eso estos pueblos, y lo que lograron aquellos gobiernos, es que el Pueblo sea sujeto, y para ser tal debe necesariamente que ser consciente del proceso en el que está inmerso. Lukács plantea que la diferencia cualitativa entre la última crisis capitalista, su crisis decisiva, y las crisis anteriores, justamente reside en el hecho de que el proletariado deja de ser el simple objeto de la crisis.

Las etapas pendulares que iban de dictaduras a democracias restringidas o tuteladas, y viceversa; han sido ya superadas en gran parte de la región por la consolidación de esta forma de Orden de lo social que es la democracia liberal. Justamente los arribos al gobierno de experiencias nacional populares ilusionaron a muchos sobre este camino de posible acumulación popular para revolucionar, desde una perspectiva gradualista. Más teniendo en cuenta la intención de estas experiencias de construcción de una institucionalidad de amplia base y políticas públicas de gran inclusión. Consagraron ciudadanizaciones históricamente inéditas[2].

Esto tiene dos consecuencias estructurantes en la izquierda revolucionaria y en el reformismo:

1-     la ilusión de que se puede conquistar el gobierno y transformar las cosas con estas reglas de juego; obturando con esta lógica la posibilidad de ver toda la dimensión proscriptiva que la misma tiene, la dimensión de legitimación de un tipo de ciudadanización e impugnación de otro tipo; la ilusión boba que pretende llevar adelante cambios revolucionarios desde la institucionalidad demoliberal y en convivencia con el Imperialismo que podría ser combatido gradualmente (NoalALCA es el ejemplo en el que se afianza esta idea).[3]

2-     La creencia de que ésta es la única manera posible de hacer política.

Estas conclusiones no sólo asomarán con la experiencia de los gobiernos nacional populares sino además habiendo transitado la experiencia insurgente de los 60-70-80. Un pacifismo esterilizante inundó las estrategias de muchas organizaciones o de muchos cuadros, que ante la contundencia de su derrota militar concluyeron en lo inviable de la posibilidad de victoria por la vía armada. 

La derrota de dicha táctica es sólo un dato histórico no una certeza de equívoco teleológico.

La experiencia insurgente más reciente (en el amplio sentido de la categoría) que transitó Colombia y Venezuela, la zona andina, el cono sur en los 70 y luego Mesoamérica en los 80, en las cuales el Imperialismo desarrolló y aplicó la Guerra de Baja Intensidad (GBI) han dejado lecciones importantes en cuanto a las posibilidades y limitaciones de la lucha revolucionaria por la vía armada en ciclos de orden de dominación que clausuran la posibilidad de la acción política. Pero hay un elemento que es característico de la GBI y es la pretensión imperial de sobredeterminar los procesos políticos de los países y la idea de “reversibilidad”; para lo cual trabajan con las mismas reivindicaciones de los movimientos de liberación, esto es la clave del gatopardismo y la cooptación de dirigencia popular; y aplican tácticas de desprestigio de líderes y organizaciones para que solo se legitime hacia lo popular lo que ellos controlan. 

En momentos de crisis se crean peligrosas situaciones donde la población se encuentra desorientada. A su vez, la clase dirigente tradicional cambia personas y programas y reasume el control que se le escapaba; si es necesario se expone a si misma a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas al pueblo, pero se mantiene en el poder, lo refuerza y lo empieza a re fortalecer. 

La persistencia de la insurgencia colombiana aún y a pesar del aparente fracaso del proceso de paz, expone cómo los regímenes que clausuran la política a los sectores populares tienen la falibilidad de la acción rebelde de los pueblos sólo contenida por una faraónica parafernalia imperial que la protege. 

Pero la tendencia creciente que acentúa la contradicción fatal entre Democracia y Capitalismo, creemos que incluso pone en discusión la institucionalidad tal y como la conocemos hoy y sobre todo después del documento suscrito por Putin y Xi Jimping donde hablan del carácter democrático “reservado al criterio de cada pueblo”. Por ello nos tenemos que obligar a pensar desde la vocación de poder el amplio abanico de posibilidades de resolución revolucionaria de la crisis permanente que atravesamos, que también es una crisis de la institucionalidad en tanto esquema de representación, como de contención, de integración o de ciudadanización universal y del rol de amortiguación de la conflictividad social. 

La ilusión del nuevo ciclo progresista es justamente síntoma de la colonización mental de las clases dirigentes de los espacios reformistas y de izquierda. Incluso probablemente podamos pensarla como narrativa del transformismo. 

Entre el amplio haz de dispositivos con los que trabaja el imperialismo en su maniobra contraofensiva de redespliegue tenemos; el neogolpismo combinado con golpes tradicionales; la constitución de nuevas derechas de distinto tipo como el pretoriano pentecostés de Bolsonaro en Brasil, Katz en Chile o Hernández en Perú, la neoconservadora empresarial de Macri en Argentina, Piñera en Chile o Lacalle Pou en Uruguay; el lawfare cuando no las persecuciones abiertas e ilegalizaciones o aniquilamiento de líderes populares; el sabotaje destituyente; y finalmente el transformismo expresado en gran cantidad de los liderazgos denominados nuevos progresismos. El grito a voz en cuello en el salón de conferencias de la Cumbre de Las Américas de Los Ángeles que profirió el maestro Pedro Castillo, presidente de Perú, para cerrar su discurso, da cuenta de esto cuando para aturdirnos a muchos afirmó; “América para los americanos”. 

El fenómeno denominado "transformismo", un proceso orgánico desarrollado por la clase dominante, se refiere a la decapitación intelectual de las clases subalternas (y por ende de la posibilidad de contrahegemonía y construcción de nuevo bloque histórico), es la incorporación a la “clase política” de estos sectores dirigentes de las clases subalternas pero que al incorporarse a la clase política pasan a defender esos intereses, por ejemplo el de la producción de gobernanza y sustentabilidad del sistema. Transformismo es revolución pasiva y para que el hegemón eche mano de este recurso es porque está en grave peligro la estabilidad y re-producción hegemónica.

El transformismo puede desarrollarse porque los cuadros intelectuales de las clases subalternas en general son elementos pequeño burgueses que acceden a oportunidades de formación. Tienen la inestabilidad propia de dicha clase y abunda en ella el oportunismo. El oportunismo reformista es una fuerza auxiliar de la burguesía para retrasar los procesos de ascenso de la lucha de clases, contener la oleada revolucionaria y fomentar la contrarrevolución, pero no debemos subestimar que su actuación es constante y en todos los periodos, más con una peligrosidad creciente cuando es posible que, por el ciclo del capital, entre la clase obrera haya condiciones para la radicalización de la consciencia. Hoy mismo en Europa y en Nuestra América y Caribe, es un soporte fundamental del imperialismo, recibiendo inclusive financiamiento de los monopolios para la acción política, desde USAID, actividades ideológicas y sobre todo promoción de formas alternativas de la gestión capitalista de “rostro humano”. 

El problema de Reforma o Revolución, de objetivo final y movimiento, es fundamentalmente, bajo otra forma, el problema del carácter pequeñoburgués o proletario de la política revolucionaria. 

El Reformismo tiende a aconsejarnos que renunciemos a la revolución social, y hagamos de la reforma social, que sólo es un medio de la lucha de clases, su fin último. El propio Bernstein lo ha dicho claramente y en su estilo habitual: “El objetivo final, sea cual fuere, es nada; el movimiento es todo”. 

Bernstein considera que la decadencia general del capitalismo aparece como algo cada vez más improbable porque, por un lado, el capitalismo demuestra mayor capacidad de adaptación y, por el otro, la producción capitalista se vuelve cada vez más variada. Aquí está el elemento primordial a considerar porque es lo que fundará nuestra concepción de posibilidad histórica, solamente en la conciencia de la derrota se explica el oportunismo y el posibilismo. 

Georg Luckaks aporta ¨Lenin ha mostrado con toda razón que no hay situación alguna que en sí y por sí carezca de salida. Cualquiera que sea la situación en que se encuentre el capitalismo descubrirá siempre posibilidades de solución ¨puramente económicas¨; la cuestión es, simplemente, si esas soluciones podrán realizarse, imponerse, cuando pasen del mundo teórico puro de la economía a la realidad de las luchas de clases. Así pues, vistas las cosas en esa pureza abstracta, siempre son imaginables salidas o soluciones para el capitalismo. Pero el que sean realizables depende del proletariado. Es el proletariado, la acción del proletariado, lo que ha de cerrar al capitalismo la escapatoria desde la crisis. Por supuesto que el hecho de que el proletariado tenga en tal momento la fuerza necesaria para conseguirlo es consecuencia del desarrollo de la economía por ¨leyes naturales¨. Pero esas ¨leyes naturales¨ no determinan más que la crisis misma, dándole una dimensión y un alcance que imposibilitan el ulterior desarrollo ¨tranquilo¨ del capitalismo. Pero la acción no obstaculizada de esas leyes (en el sentido del capitalismo) no llevaría a la desaparición simple del capitalismo, a la transición al socialismo, sino que, pasando por un largo periodo de crisis, guerras civiles y guerras mundiales imperialistas a niveles cada vez más generales, conduciría ¨a la catástrofe simultánea de las clases en lucha¨, a una nueva barbarie.¨ Aquí aparece la necesidad de la acción histórica y la primacía de la política.


El problema táctico 

¿De qué se trata esto de hacer la revolución? Es el interrogante inicial para ordenar nuestro pensamiento y nuestra acción histórica. No en tanto los objetivos planteados sino en cuanto a las tareas a realizar. 

“Para ser revolucionario lo primero es tener una revolución” nos señala crípticamente el Che y agregará “para hacer revolución se necesita esto que hay en Cuba: que todo un pueblo se movilice...” 

La movilización popular no debemos delegarla, no debemos desentendernos de ella y de las luchas de nuestro pueblo y pretender coronar lo político con la justeza de nuestra línea. Porque además el tipo de luchas, los repertorios propios de lo popular, y el tipo de consignas que articulan las luchas determinarán el carácter más o menos reformista, más o menos revolucionario, que logre condicionar, de acuerdo a su carácter, el resultado de las mismas. 

La excesiva expectativa en los movimientos sociales muchas veces carentes de politicidad (en el sentido de la vocación de poder) termina debilitando la lucha popular en su conjunto. No puede perderse de vista la construcción política de la vanguardia y su acción en el seno de las luchas de masas. Los Movimientos sociales se articulan y en sus repertorios interpelan al Estado, más allá de su carácter real, para alcanzar el cumplimiento de su pliego de reivindicaciones, que por lo general obtura o no considera que la producción de su propia subalternización es garantizada por el propio estado. 

Hay que tener claro que tal o cual pueblo no hizo la revolución porque tiene cualidades revolucionarias, sino que tienen cualidades revolucionarias porque entraron en revolución; y eso depende de una dirección política que oriente en ese camino y no en el camino más cómodo, más legitimado para poder convivir con el enemigo, que se entretenga y acomode en el reformismo, de nuevo la crítica a Bernstein y su idea de la supremacía del movimiento sobre el objetivo. 

Desde Lenin, todos sabemos que lo que diferencia entre la situación revolucionaria y la crisis revolucionaria es el accionar del partido revolucionario como vanguardia unida y partícipe de la clase, accionar que define la capacidad de las clases revolucionarias de llevar a cabo acciones de masas lo suficientemente vigorosas como para debilitar al gobierno, cuya caída no se producirá jamás, aún en época de crisis, si no se la provoca. 

Cuando el Che nos dice que ésta es la era de las revoluciones, está hablando de la era del Imperialismo, abarca nuestro tiempo histórico. Las condiciones materiales están suficientemente dadas, las muestras de la barbarie a la que nos conduce, de no mediar revolución, también; tener una revolución es nada más, y nada menos, que un pueblo que ha entrado en revolución, y que está muy firmemente dentro de ella. Un revolucionario debe tener presente siempre la verdad incontrovertible de que, en definitiva, contra el pueblo no se puede vencer. Quien no sienta esta verdad indubitable no puede ser revolucionario. Los hombres de la Revolución deben ir conscientemente a su destino, pero no es suficiente…, es necesario también que el pueblo entero comprenda exactamente cuáles son todos los principios revolucionarios. 

Las condiciones objetivas para la lucha están dadas, faltaron en América condiciones subjetivas de las cuales la más importante es la conciencia de la posibilidad de la victoria frente a los poderes imperiales y sus aliados internos. Estas condiciones se crean mediante la tarea revolucionaria, involucrándose en las luchas de nuestro pueblo, proyectándolas políticamente. 

El enemigo se esfuerza por retrasar las condiciones para una salida revolucionaria, por destruirlas; los revolucionarios, dice el Che, deben acelerarlas, crearlas. 

Lenín, que era capaz de captar cada pequeña variante de la historia, decía: "Ocurre con harta frecuencia que cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados dejan pasar un tiempo más o menos largo antes de orientarse ante la nueva situación creada, repitiendo consignas que si ayer eran exactas, hoy han perdido ya toda razón, tan súbitamente como súbito es el gran viraje de la historia." Con esto claro, debemos agudizar creatividad y capacidad de análisis para entender en qué momento del desarrollo del imperialismo estamos, qué posibilidades históricas se abren y ajustar nuestras tácticas en tal sentido. 

Frente al acelerado desmoronamiento de la hegemonía unipolar atlantista se abren en distintas regiones del mundo, en países centrales y en la periferia, formidables oportunidades de revolucionar. Nuestra América y el Caribe no escapan a las generales de las leyes del desarrollo histórico. Nos queda una gran tarea por delante, la responsabilidad de aportar a debilitar al hegemón imperial horadando los lazos que mantiene sólidos en la región y desde allí revolucionar nuestros pueblos. Porque además si no resolvemos eso las consecuencias probables serán la profundización de la neocolonización de nuestra región. Vienen demostrando en su redespliegue, efectividad tanto en instalar variables neoliberales o llamadas de derecha, como variables progresistas peor definidas como de izquierda. 

Mucho se ha escrito sobre los problemas tácticos del marxismo revolucionario en el siglo xxi, es claro que cambiaron los paradigmas clásicos de asalto al poder del estado, en el siglo xix asalto a La Bastilla; en el siglo xx asalto al Palacio de Invierno. No puede uno ilusionarse con que la conquista de la democracia liberal para convertirla en democracia revolucionaria resulte el paradigma del siglo xxi, este dispositivo es justamente el que pretende producir Orden y Dominación. Puede, claro, ser una táctica legítima (no la totalidad de las tácticas y menos debe tener carácter estratégico) la participación en la democracia liberal; y en la medida de la acumulación puede ser una vía de acceso al gobierno. Pero, cómo los revolucionarios se posicionan en ese lugar, cómo tensionan para desarmar ese esquema de representación liberal burgués, cómo se desentienden de esa forma de producción y legitimación de la política; decidirá el éxito o el fracaso de dicha táctica. Hubo ex guerrilleros presidentes que se ufanaban de ya no pretender cambiar el mundo sino simplemente cambiar una vereda. 

Es tarea de la vanguardia crear condiciones revolucionarias, no ahogarlas. Puede sostenerse que no hay condiciones para un levantamiento, pero no puede negarse que sí las hay para desarrollar tarea revolucionaria de cuyo resultado asomarán nuevas condiciones. Fidel Castro, con el seudónimo de Alejandro en una publicación clandestina, señaló: "El momento es revolucionario y no político”. 

Dentro de una estrategia revolucionaria, las articulaciones frentistas electorales, tienen un sentido muy distinto del que adquieren cuando ese frentismo es un fin en sí mismo. Porque en este último caso no solamente es ineficaz para los fines revolucionarios, resulta funcional a la reproducción de la institucionalidad y consenso, puede ser válvula de descompresión, pero lo más grave es que anula los expedientes de la violencia y-o de la rebelión popular. Las experiencias en ejercicio, variadas de Nuestra América, dan cuenta de lo dicho. 

Ser parte de un frente de carácter predominantemente progresista no redunda en que el consenso electoral cosechado sea conciencia política ni consenso con la política revolucionaria, o peor si esto sí fuera así, no significa que dicho frente o su hegemonía política sea consecuente con el mandato electoral. Si no se es fuerte y firme en estas circunstancias se corre el riesgo de padecer el mismo desprestigio de los oportunistas impotentes. 

Aquí habría que desandar caso por caso, pero en líneas generales y a los efectos de este trabajo debemos decir lo ya dicho, retomando la crudeza del debate sobre la naturaleza reaccionaria del reformismo; y es que la ausencia de una estrategia con vocación de poder impugna las alianzas con el reformismo porque se pierde desde el vamos el sentido gradualista revolucionario de dicha política que impone la participación en tal alianza y la convierte sólo en una vertiente reaccionaria. Volvemos a sostener el transformismo como dispositivo imperial de construcción de orden. 

John William Cooke señala que “participar -aunque ello fuese posible- en el régimen que deseamos combatir seria adoptar el reformismo y abandonar la vía revolucionaria. El reformismo constituye la defensa de las instituciones que han caducado. Cuando esas instituciones entran en contradicción con la realidad social, cuando las nuevas fuerzas que aspiran al poder hacen valer imperiosamente sus reclamos, el reformismo cumple la doble función de frenar la dinámica dentro del campo revolucionario y de ofrecer paliativos para la situación en crisis. Pero el reformismo no es un elemento de la nueva organización social, sino un engranaje del orden de cosas que ha entrado en descomposición. Es una demostración más de que el hecho revolucionario es imprescindible, y aunque a veces pueda demorarlo, no lo evita, porque la coyuntura revolucionaria permanece sin modificar. Un país pobre debe superar sus problemas a costa del sacrificio común, que solamente puede lograrse cuando el sistema distributivo está orientado hacia el bien común.” 

Participar en condiciones de absoluta subalternidad en alianzas de este tipo con el sólo objetivo de bloquear el acceso al gobierno de vertientes neoliberales más conspicuas, es un despropósito obsceno porque es alentar la ilusión fantástica de que el reformismo es un camino a recorrer que nos lleva a mejor destino, cuando en última instancia cada defraudación de este tipo, conlleva también desprestigio para quienes alimentaron e invitaron a tal recorrido o propuesta política. 

Es claro que los sectores revolucionarios que abreven en sus tácticas la concurrencia electoral en frentes de este tipo no deberían perder de vista la maniobra del transformismo, la maniobra contrarrevolucionaria al interior de la propia alianza y la necesidad de sostener permanente relación con los repertorios disruptivos de masas para neutralizar estos intentos de virajes. Hay que estar muy preparado con iniciativa revolucionaria, que puede ganar o perder una batalla pero no debería perder todas las batallas sino ningún sentido tiene su pertenencia a un espacio en el que no incide en lo más mínimo. 

Frente a la trampa de lo menos malo, la trampa del cuco de la derecha neoliberal, no corresponde obviar el carácter altamente reaccionario, regresivo y antipopular de las políticas que llevan adelante estas experiencias en general. 

La gran carencia es una inteligencia política colectiva que pueda elaborar una estrategia revolucionaria regional, porque regional debe ser el abordaje de la lucha antiimperialista. Sin ese elemento estamos casi condenados a derroteros erráticos, excepcionalmente construyendo sinergia, pero de carácter aleatoria. Necesitamos previsiones, planificación, inteligencia, administración de recursos. Una Internacional regional de organizaciones revolucionarias de Nuestra América y el Caribe.

 

Declinacionismo y Redespliegue 

Nosotros venimos sosteniendo lo contrario de los teóricos del reformismo, nosotros decimos que la actual fase de desarrollo del capitalismo imperialista está en una crisis terminal. Sostenemos que hay cuatro vectores principales de producción social histórica y política del imperialismo. 

En el marco de la configuración geopolítica actual, el señorío del globalismo financiero transnacional se produce y reproduce a base del 1) redespliegue guerrerista imperial; 2) de la caotización regional, nacional y global; 3) del crecimiento del narcotráfico y 4) de la acentuación de la hipertrofia parasitaria mundial. Se financiariza la vida cotidiana, la cultura y la naturaleza; se gangsterizan los estados; se narcotizan los colectivos sociales; se violentizan las naciones. Son los cuatro vectores de la producción de hegemonía y dominación global: financiarización, militarización, caotización, narcotización.

En este marco hay dos movimientos fundamentales que debemos aprender a identificar para comprender la etapa; el Declinacionismo del hegemón y el Redespliegue como contraofensiva defensiva. 

La clave es pensar en términos históricos no biológicos. Porque el declive es tendencial y fatal, pero eso no quiere decir que en unos cuantos años asistamos al entierro del actual hegemón imperial. No entender el declinacionismo hace que muchos observadores legos mal interpreten el redespliegue como una ofensiva y no como una contraofensiva defensiva. 

Nosotros lo hemos señalado en el Manual Breve de Geopolítica, desde su consolidación hegemónica en la segunda posguerra no es la primera vez que se avizora la declinación del poderío norteamericano y que incluso se agorera su colapso. En los 50 se sostenía la primacía soviética en la carrera armamentística y política; en los 80 se anunciaba el crecimiento de Japón como el surgimiento de un nuevo liderazgo. Hace muy pocos años se anunció con estridencia el PNAC o Nuevo Siglo Americano, la consolidación de la hegemonía norteamericana; y analistas orgánicos como Paul Kennedy se azoraban de la inédita desproporción de poderío militar del Imperio. Fareed Zakaria hablaba de un nivel de unipolaridad solo comparable al de Roma en la época del Imperio. A poco de andar, y estragos globales mediante, hoy es un lugar común entre los analistas políticos hablar del declive norteamericano que obviamente para cualquier especulación sensata no debe importar la idea de su repentino colapso. Sigue siendo el país más poderoso en términos militares y con la economía más grande del globo, sigue pivotando en el complejísimo esquema de instituciones multilaterales desde donde acomete muchas de sus incursiones expansionistas. 

Sobra evidencia acerca del declinacionismo del Imperialismo norteamericano como centro organizador del Imperio y hacia su propio interior. Brzezinski que es uno de los principales estrategas del llamado Estado Profundo, plantea una serie de puntos con los que lo explica; 1) el desorbitado endeudamiento que pone al país en una crisis financiera semejante sin precedentes como las que padecieron otros imperios en sus momentos de declive como Roma y Gran Bretaña; 2) la gravitación del capital especulativo, causante de la crisis del 2008, que ha producido consecuencias económicas y sociales desastrosas en la población norteamericana; 3) la desigualdad socio económica creciente y la formidable concentración de riqueza; 4) la obsolescencia de la infraestructura nacional: caminos, líneas férreas, puentes, puertos, aeropuertos y energía son otras tantas áreas fuertemente deficitarias y que comprometen seriamente la eficiencia de la economía estadounidense en un mundo cada vez más competitivo.

Otro elemento considerable es el alto nivel de ignorancia que el público norteamericano tiene en relación al mundo (imaginen millones de Homero Simpson). Esto se agrava con la falta de información confiable en materia internacional y accesible al público en general. Y agrega la crisis del sistema político que se evidenció con las imágenes de la Casa Blanca sitiada ante el asesinato de George Floyd y la toma del Capitolio por sectores marginales reivindicando a Trump. Crisis de sistema político en pleno desarrollo.

Lo que nosotros llamamos Redespliegue justamente está sustentado en la tesis opuesta que es la del Declinacionismo norteamericano como hegemón ordenador del sistema unipolar. 

Entonces justamente a partir de la conciencia de ese declinacionismo; que además se demuestra con el surgimiento y consolidación del esquema multipolar, fundamentalmente a partir de la estrategia euroasiática de “un cinturón, una ruta” y de los BRICS; es que los Estados Unidos intentan resolver esta crisis de hegemonía.

El Redespliegue justamente es el complejo de acciones políticas, diplomáticas, financieras, económicas, comerciales, culturales y militares, entre otro innumerable haz de posibilidades; que están orientadas a la recuperación de iniciativa; de capacidad de sobre determinación de las políticas de los pueblos; de control del propio y autodefinido espacio vital; de producción y re-producción de la fase del imperialismo que usualmente llamamos “globalismo financiero” y que no es otra cosa que el momento imperialista que estamos viviendo donde la expansión del mismo es condición necesaria de la etapa, es permanente y es creciente, no importa ya si se trata de ciclos económicos de crecimiento o de estancamiento. 

La financiarización impone la mercantilización de los más diversos aspectos de la producción social, para que el capital logre conquistar nuevas áreas de una manera impensada hasta hace pocas décadas atrás. ¡Lo mercantilizan todo! 

Los datos de este Redespliegue los tenemos en la agresiva política exterior de Biden-Harris, que van a retomar la agenda inconclusa de Obama, militarizando además las relaciones exteriores e intentando volver a ocupar el espacio que la gestión de Trump había abandonado, eso con una fuerte ofensiva multidimensional. 

Pero el redespliegue no lo vemos solamente en Nuestra América con su injerencismo neomonroísta y la operacionalización de guerras híbridas; sino también en el cinturón del Cáucaso, en Europa Oriental, en el Mar de China…es decir están en varios frentes consolidando posiciones. Ucrania es claro exponente de esto a la vez que expone las limitaciones imperiales. 

Los organismos de Breton Woods por ejemplo se han revitalizado y son un vector determinante en el condicionamiento y sobredeterminación política de los países que no pueden desembarazarse de la trampa de endeudamiento y financiarización. El endeudamiento externo nuevamente es un dispositivo de saqueo e imposición de programas económicos. 

Pero a partir de la batalla de Ucrania que viene a instalar de manera inexorable el Multipolarismo, contemplando incluso el documento mencionado de Putin y Xi, y en la eventualidad de treguas reguladas de este momento de guerra imperial desesperada, entendemos además que nuestra región de no mediar acciones políticas nacionales antiimperialistas terminará en una eventual nueva Yalta consagrada como espacio e influencia de Estados Unidos.

Claramente se trata de una bisagra histórica y de un escalón en la fase terminal del capitalismo imperialista, quien no pueda verlo será comprensible desinformación. Es un momento que la historia expone una y otra vez como posibilidad de desarrollo de políticas autónomas, nacionales y populares.

 

Pueblos en lucha-candidatos progresistas. 

Está claro que la victoria en México de AMLO apoyado por sectores de izquierda y que fue sucedida por el triunfo en Argentina de Alberto Fernández con la impronta de CFK preanunciaban la posibilidad de articular un nuevo eje de desarrollo autónomo regional. 

La expectativa en la muy probable victoria de Lula, sin detenerse en el marco de alianzas que sostienen esa posibilidad -muy similar a lo que empoderó al gobierno de Dilma Rousseff pero que además también lo des-empoderó-; sumado a las victorias de Perú, Honduras y Chile, además del reciente triunfo en el ballotage de parte de Petro en Colombia, hacen que surja cierto entusiasmo en la posibilidad de un nuevo ciclo de gobiernos populares. 

En cuanto al carácter antiimperialista de la etapa que se abre, tenemos que señalar que todo el aparato de integración panamericanista monroísta del primer momento neoliberal sigue vigente: la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sur Americana (IIIRSA) como integración de infraestructura para el saqueo; los acuerdos de libre comercio asimétricos; el Plan Colombia, como manifestación militar y enclave de patrullaje en el subcontinente; la Iniciativa para la Seguridad de la Cuenca del Caribe (CBIS) que asegura la constitución del Caribe como Mare Nostrum norteamericano; y, fundamentalmente, desde mediados del siglo xx los organismos de Breton Woods (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) raquitizando las economías y abortando las posibilidades de desarrollo autónomo de las naciones latinoamericanas. 

La implosión del Grupo Lima que además perdió ímpetu por los desfavorables resultados electorales, incluso en Perú, no indica un giro del posicionamiento geopolítico de la región; como tampoco debe sobreestimarse la potencialidad ni el carácter del Grupo Puebla, baste observar las conductas de sus exponentes. Son muy claras las dificultades de funcionamiento de la CELAC a pesar de arduas expensas del gobierno mexicano. La batalla de Ucrania y el redespliegue monroísta de la OEA han evidenciado alineamientos no calculados de los pretendidos gobiernos progresistas. Venezuela y Nicaragua (y obviamente la heroica Cuba), como cabeza de playa del nuevo redespliegue imperial, son los gobiernos y países más atacados, y cómo cada gobierno se posiciona al respecto habla de su alineamiento o nivel de autonomía respecto del Consejo Nacional de Seguridad para el hemisferio occidental de USA. 

Son los pueblos que transitan momentos de rebelión, de desobediencia, distintas formas más o menos articuladas y coordinadas de subversión con desiguales niveles de protagonismo, los que terminan cautivos o encantados con estas propuestas a las que suelen concurrir además sectores de la izquierda revolucionaria. Han sido propuestas electorales cocinadas en el caldo de la desobediencia civil, de la irrupción urbana de las masas. Incluso en algunos casos se ha dado una revalorización del espacio electoral y se registraron comparativamente altos niveles de participación. No obstante, todo esto, que es combustible revolucionario, muchas veces se ha perdido de vista la reacción contrarrevolucionaria y se ha sido ingenuo cuando no directamente inerme frente a las estocadas del enemigo.

 

Reflexión a modo de cierre

El reformismo es barrera de contención del sistema de dominación. Se vuelve fuerte cuando el sistema de dominación se va debilitando. Podemos construir acuerdos de marcha común, pero intentando tener la hegemonía de ese acuerdo. No es lo mismo construir estos acuerdos con hegemonía revolucionaria para resolver el problema de la consolidación hegemónica, que construir estos acuerdos desde la debilidad donde los revolucionarios se suman como fuerza auxiliar pero no determinante de tal alianza. No deberíamos ser una fuera concurrente de una revolución pasiva. En tales casos la disputa debe ser permanente y creciente, y para lograr efectividad en la misma es necesario el trabajo revolucionario en el seno del pueblo sin travestismos que nos hagan hacer propaganda, agitación y proselitismos sobre valores y consignas ajenas a los objetivos revolucionarios. 

La democracia liberal homologada por el atlantismo es un dispositivo de dominación. Podemos eventualmente ser parte de ese dispositivo que nos irá proscribiendo en la medida de nuestra ofensiva revolucionaria, eso es una obviedad. De cualquier manera, de las tareas en la democracia liberal, entre otras, está convertir los resquicios de legalidad de la agitación y propaganda revolucionaria en una consigna organizadora de lo popular y en ejercicio político de contra poder desde la construcción de un proceso constituyente permanente. 

Es un nuevo momento de la Era de las Revoluciones que anunció el Che, no tenemos ningún derecho a desaprovecharlo.

Hay una grave vacancia de concentración y de orientación del pensamiento revolucionario que pueda producir teoría revolucionaria para la región. Es tarea de los partidos revolucionarios, con la mayor amplitud y audacia posible, dedicar recursos a resolver este vacío.





[1] Aquí habría q ajustar la utilización de la categoría pues presupone la existencia de un ciclo anterior progresista (los gobiernos nacional populares de primera década del siglo xxi) y en lo ya mencionado nosotros entendemos el progresismo como una de las tantas formas de dominación del sistema.

[2] El Estado tiene como función el monopolio de normativizar lo políticamente lícito, y dominar o extirpar los múltiples modos políticos y de ciudadanización diferentes o peligrosos para la arbitraria ciudadanía legítima. Entendemos por ciudadanía la práctica social y comunitarista de construcción de convivencia. Si ciudadanía es comprendida como ejercicio de la política y la política es producción de poder. 

[3] El NoalALCA fue un momento en que el polo revolucionario antiimperialista logró imponer su política y congenió los repertorios callejeros populares en sintonía con las resoluciones superestructurales institucionales. Eso es la constatación de que en un punto este ejercicio puede llevarse adelante, si hay iniciativa revolucionaria, pero absolutizar un momento negando la propia naturaleza y limitaciones de la reproducción de la democracia liberal es, por lo menos, limitado