26/7/2020

Opinión

¿Neoliberalismo o nacionalismo industrialista?

El profesor David Acuña nos acerca otra sección de #HistoriaNativa en la que reflexiona sobre los modelos antagónicos desde lo que se han diseñado los modelos de país. Una reflexión desde la historia con vigencia hacia los debates del futuro.

Autor de la nota: David Acuña

David Acuña

Publicado el 26 de Julio de 2020


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La alianza política entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher sentó las bases de la arquitectura neoliberal a nivel mundial hacia fines de los ´80 y principios de los ´90. Mientras la Unión Soviética implosionaba, resurgían en Gran Bretaña los valores conservadores frente a un laborismo burocratizado y en Estados Unidos la derecha más rancia y supremacista se recomponía tras el escándalo del Watergate de la década anterior.

Promovieron las mismas medidas: reducción de los presupuestos de contención y promoción social, baja de impuestos, máxima libertad para los mercados, promoción de la iniciativa privada patronal, cercenamiento de derechos laborales y achicamiento del aparato estatal y sus incumbencias. Para ambos las “fuerzas del mercado” eran todo lo que estaba bien, mientras que el Estado como regulador social debía ser desmantelado. La usina de pensamiento económica denominada Escuela de Chicago les dio un verdadero arsenal de recetas con las cuales consolidar sus políticas.

En Sudamérica, el neoliberalismo fue parido con dolores de dictadura militar. Su primera aparición fue en el Chile de Augusto Pinochet, quien se presentaba como un aliado confiable por sus antecedentes anticomunistas y del cual sobraban pruebas de que no le temblaría la mano en implementar todas las medidas económicas y sociales que se le pidieran. Pinochet también era un aliado necesario en el control geopolítico de la Región para ambas potencias. Así lo demostró durante la Guerra de Malvinas siéndole útil a la inteligencia británica en detrimento de los esfuerzos bélicos argentinos. Aun hoy, su doctrina sigue aflorando en algunas concepciones de la cancillería chilena. Chile ofreció el laboratorio social adecuado para que luego el neoliberalismo se expandiera a otros países.

Fernando Collor de Melo lo llevo adelante en Brasil, siendo continuado por Itamar Franco y un Fernando Henrique Cardoso que parecía ya no acordarse de sus lúcidos análisis junto a Enzo Faletto.

Por otro lado, en la Argentina las defecciones de Ricardo Alfonsín para con toda posibilidad de recomponer un mínimo atisbo de dignidad nacional le allanaban el terreno para que Carlos Saúl Menem, quien convirtiera en pieza de museo a las Tres Banderas del Justicialismo, pudiera realizar todas aquellas reformas que ni José Alfredo Martínez de Hoz había tenido tiempo de concretar. Es necesario recalcarlo a riesgo de sufrir cierto ostracismo mediático: que con Alfonsí y Menem la cara económica del genocidio que comenzó el 24 de marzo de 1976 fue todo un éxito.

Eximo al lector y a mí mismo de realizar un recuento engorroso de todas las ignominias sufridas a manos de una clase política que había preferido aliarse con el capital extranjero que gobernar en beneficio de sus propios compatriotas. Creo que tan solo el recuerdo de los millones de desocupados, el cierre de industrias y las tragedias cotidianas que fuimos obligados a vivir son suficientes en este punto.

Y aquí cabe la pregunta, ¿En la Argentina hubo quienes pensaron bajo otro paradigma de desarrollo social, económico y cultural que no provocase los niveles de exclusión y dependencia estructural que el neoliberalismo generó? Sí los hubo, y los mismos se enmarcaron en la corriente de pensamiento que puede denominarse como Nacionalismo Industrialista.

Las altas casas de estudios y los grandes medios de comunicación han sido ganados por lo que alguna vez Arturo Jauretche llamó “colonización pedagógica”. La misma no es más que la incapacidad inoculada al conjunto social para poder reflexionar sobre la realidad de acuerdo a intereses que le sean realmente propios y no en beneficio de otros que le sean exógenos. Por tal motivo, escuchar hablar de Nacionalismo Industrialista es casi imposible. Es más fácil encontrarse con posturas que terminan asociando al nacionalismo con el conservadurismo chauvinista, con el autoritarismo elitista o con la derecha vernácula, que a otras que lo asocien a la lucha por la independencia nacional y la justicia social.

El Nacionalismo Industrialista se desarrolla en una línea que es perfectamente trazable por las acciones llevadas adelante por militares como el Almirante Julián Irizar preocupado por la modernización del equipamiento naval durante las primeras décadas del siglo XX, el General Enrique Mosconi dirigiendo YPF (1922-1930), el General Manuel Savio al frente de Fabricaciones Militares (1941-1948) y el Coronel Hernán Pujato al frente de la expedición antártica que buscaba reafirmar nuestros derechos soberanos sobre una región basta en recursos naturales (1951). Desde ya, los gobiernos populares de Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón fueron determinantes para el desarrollo de esta corriente nacionalista.

También esta corriente fue nutrida con los aportes de pensadores como Raúl Scalabrini Ortiz, el grupo FORJA, Jorge Abelardo Ramos, Eduardo Astesano, Amelia Podetti y Juan José Hernández Arregui, ente otros. Todas personas que reflejaron en sus obras la integración regional, la defensa de nuestra cultural, el antimperialismo y de contar con aquellas estructuras que nos permitiesen lograr un piso de distribución de riqueza entre el pueblo que garantizase la justicia social.

Por otro lado, en esta conjunción de militares, políticos y pensadores, se encuentra presente la acción decisiva del movimiento obrero, único actor con capacidad a lo largo de la historia de darle encarnadura a esa conjunción nacionalista. Si uno revisa los programas obreros de Huerta Grande (1957), La Falda (1962) y el del 1 de mayo (1968) se evidencia que las reivindicaciones gremiales y salariales están íntimamente engarzadas con una defensa del aparato productivo, la integridad territorial, la independencia comercial-monetaria y la defensa del Estado como herramienta de planificación social.

Tuvo que mediar el terrorismo oligárquico en 1930, 1955 y 1976 para lograr las condiciones que le permitieran al Capital trasnacional consolidar los niveles de dependencia de nuestro país y Región a partir de la década del ´80. Sin embargo, la acción de resistencia de una nueva generación de patriotas mantuvo la esencia del nacionalismo industrialista latente en las demandas populares. Así se lo percibió en las denuncias constantes que fueron desde la CGT de Saúl Ubaldini, el MTA y la CTA hasta la conformación de los movimientos sociales surgidos de los cortes de rutas y de organizar el hambre las barriadas populares.

Tomar conciencia de que hubo otra alternativa al proyecto neoliberal es pensar en clave nacional y actuar en consecuencia. 

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