18/9/2021

Política

“No es siganme, es vamos juntos”

La conducción de un espacio político lleva a decidir sobre la vida de los demás, aún antes de cualquier elección. Si ésta valida un espacio, ese poder de decisión se disemina sobre mucha más gente, pudiendo alcanzar a toda una Nación.

Autor de la nota: Enrique Martínez

Enrique Martínez

Publicado el 18 de Septiembre de 2021


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Gran parte de la historia del mundo puede describir las luchas por acceder a ese poder totalizador.


Reyes, o aspirantes a serlo, han matado parientes a mansalva en ese intento durante siglos.


Cuando la democracia representativa apareció para ampliar la participación y poner algunas reglas más racionales en esa puja, inmediatamente se planteó en términos concretos, sin necesidad de ninguna teoría que la sustente, la lucha por acumular poder de decisión así sea dejando en el camino otros principios, tanto de vida como de organización social.


Aparece así una contradicción por un lado muy obvia y por otro muy singular. Gobernar una comunidad obliga a administrar un tejido social buscando un resultado que no necesariamente beneficie a todos por igual, sino que esencialmente favorezca a las mayorías, pero cuyo contenido y fundamentos se pueda explicar a todos y cada uno. Sin embargo, esa responsabilidad recae sobre quienes previamente han pujado codo a codo con otros postulantes, para llegar a tal lugar.


O sea: el camino para llegar a la función implica ser altamente competitivo; pero luego de llegar hay que disponer de una capacidad de gestión en beneficio colectivo. No todos o todas pasan la prueba. En realidad, es al revés, son una minoría.


El capitalismo globalizado y concentrador agrava el problema hasta la exasperación, porque se han consolidado en la producción y en las finanzas actores económicos de un poder inmenso, parte de cuya actividad es cooptar, presionar, chantajear a todo representante elegido en las urnas cuya gestión pueda limitar ese poder o pueda evitar que se siga expandiendo.


En tales escenarios, nunca se podrá aspirar a transformar, a mejorar las relaciones sociales, si es que en aquella contradicción que hemos comentado, el compromiso colectivo no supera ampliamente a las aspiraciones individuales. Ese compromiso se debe ejercer y – muy importante – se debe verificar su efectividad con mucha frecuencia frente a ámbitos de la comunidad, de toda naturaleza. Si el compromiso es puesto a prueba solo frente al espejo, puede suceder que la distancia entre la apreciación subjetiva y los hechos se agigante de manera inaceptable para los conducidos.


Quien subestime ese riesgo, se expone a muy fuertes problemas, como los que se evidencian para la coalición gobernante en la Argentina de hoy. Síganme, como consigna, no fue un concepto pasajero o marketinero. Se instaló como idea central desde hace 30 años. Suficiente tiempo para demostrar el daño social que puede producir la generalización de esa idea.


Desaparecen los estudios históricos, las discusiones de doctrina, las elecciones internas, poco a poco todo lo que implique la posibilidad de quitar al vértice de cada organización la facultad concreta de decidir por sí y ante sí.


En nuestro país, hasta un proceso con rasgos originales como las PASO, diseñado para admitir la discrepancia interna, sin que ella lleve luego a la dispersión del electorado cuando hay confrontaciones que podríamos llamar de primero y segundo grado, se convierte en una caricatura si una fuerza política con vocación mayoritaria se presenta allí con listas únicas, decididas dentro de una cabina telefónica.


Aquel Síganme, expresado después de una interna peronista con una inmensa movilización previa, se transmutó finalmente en “Síganme, o mejor esperen que después les cuento lo que hago”.


Una forma de conducción tan temeraria funciona si los resultados son los prometidos y coinciden con los esperados por los compatriotas.


¿Y si no es así?

La conducción lo descubre en las urnas, como acaba de suceder.


La concepción misma de la democracia delegativa debe darse vuelta como un guante. El Síganme, el derrame inercial o inducido, son rasgos de la política criolla que es necesario enterrar urgente.


Para recorrer ese largo camino, debemos poner la mira en las necesidades comunitarias. Atenderlas define trabajos inmensos en multitud de rubros y esperanza colectiva. También requiere de gobiernos cuyos sillones miren hacia las ventanas, para nutrirse día a día de los saberes y humores populares.


¿Parece utópico? Discutamos…


Enrique Mario Martínez


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