17/12/2022

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Pensando un poco la Navidad

Reflexiones desde la teología del sacerdote católico Eduardo de la Serna, integrante del Grupo de Curas en la Opción por los Pobres.

Autor de la nota: Eduardo de la Serna

Eduardo de la Serna

Publicado el 17 de Diciembre de 2022


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Resulta que, en algún momento, de algún tiempo de la historia, nació Jesús (Ieshuah – Josué). Eran tiempos complicados para su pueblo. No los primeros ni los únicos, pero ciertamente complicados. De la lejana familia de David (Rom 1,3; 2 Tim 2,8; Ap 3,7; 5,5; 22,16; cf. Heb 7,14) nació en tiempos de Herodes (72 – 4 a.C.), que desde el año 37 a.C. fuera nombrado rey vasallo de Roma a la que sirvió con fidelidad. Quizás para reforzar el marco davídico, tanto Mateo (2,1) como Lucas (2,4) nos dicen que su nacimiento ocurrió en Belén, lugar del nacimiento de David (1 Sam 16,1; 17,58). Pero, tanto uno como otro Evangelio nos ubican este nacimiento en un marco de conflicto. En Mateo, Herodes, enterado del nacimiento, manda matar a todos los niños, por lo que la familia de Jesús, para salvar la vida, debe huir a Egipto (2,13-18), recordando otros tiempos de opresión, otras masacres y un faraón (Ex 1,8-22). La violencia marca la historia de Jesús desde su origen. En En Lucas, en cambio, el Emperador, con su autoridad ordena un censo (2,1), para hacer sentir a todos los sometidos su autoridad; así podía saber cuántos habitantes hay en su territorio y, por lo tanto, cuantos impuestos podía cobrar. Esto provocó levantamientos populares y matanzas (Hch 5,37). Lo cierto es que este nacimiento, aunque solamos imaginarlo rodeado de “paz y amor”, fue todo lo contrario por lo que los relatos nos cuentan.

Los dos únicos Evangelios que nos hablan de la infancia de Jesús – Mateo y Lucas – dan elementos diferentes. Lamentablemente, por ejemplo, es habitual verlos “armonizados” en pesebres o imágenes en los que se atrofia lo propio que cada autor quiere señalar.

Mateo nos indica que “unos magos” (de los que no dice ni que fueran “reyes” ni que fueran “tres”) van a Jerusalén a homenajear al rey que ha nacido. Afirman haber “visto su estrella en Oriente” (2,2). En la Biblia, los “magos” son modelo de personas ignorantes y despreciables para la fe de Israel. El término griego “magós” en la Biblia griega sólo se encuentra en el libro de Daniel y hace referencia a los funcionarios de la corte de “Nabucodonosor”, aunque en Dn 2,2 está en paralelo con otro grupo sinónimo, que puede traducirse por hechiceros y adivinos, y que lo encontramos también en un contexto semejante referido a la corte del faraón (Ex 7,11.22). Se trata de adversarios al proyecto y al enviado de Dios, se relacionan con la idolatría y la impureza (Lev 19,31). Son los necios que no logran entender el proyecto de Dios que Moisés o Daniel, en estos casos, llevan adelante. Curiosamente, entonces, unos magos, los que no entienden los caminos de Dios buscan conocer y adorar al “rey de los judíos”. Esto, dicho a Herodes, el rey de los judíos, no puede resultar inocente. Y, con él, “toda Jerusalén” se sobresalta y “todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo” (2,3.4) saben que esto ocurrirá en Belén, pero no se mueven del centro (a pesar de estar a menos de 10 kms. de distancia). Como la estrella de David (Núm 24,17) otra estrella avanza y señala al rey ante el que los magos se postran, lo adoran y le regalan dones (2,11). Una vez más, los necios y marginales son los que reconocen a Jesús mientras “el centro” no puede dirigirse a la periferia, y, entonces, por solución, recurre a la violencia. Como un nuevo Moisés (Ex 2,1-10), Jesús es el varón salvado de la matanza, y generador de liberación para su pueblo (Lc 2,15). Recién después de muerto el rey – como había ocurrido con la muerte del faraón (Ex 4,19-20) – puede volver a su tierra, pero ahora se dirige a Nazaret, localidad por la que es conocido (2, 23; Mc 1,9.24; 10,47; 14,67; 16,6; Lc 2,4.39.51; 4,16.34; Jn 1,45; 18,5.7; 19,19; Hch 10,38). Es difícil, si no ingenuo, sustraer el contexto de la violencia política de este nacimiento e infancia. Dos “reyes” entran en conflicto, y el terror se encuentra por doquier. Transformar esto en algo “dulce y romántico” se aproxima bastante más a una caricatura o una domesticación funcional en la que, una vez más, los violentos lucen invisibilizados y permanecen impunes de sus crímenes.

Lucas nos presenta otro marco. Los padres de Jesús no son de Belén, como lo son en Mateo, sino de Nazaret y deben dirigirse a la intemperie y con el riesgo ante el embarazo de María hasta Belén (unos 100 kms, unos 5 días de caravana). El emperador ha “ordenado”, decretado (en griego, dogma, ver Hch 17,7) y “todo el mundo” debía obedecer (2,1). Es en este marco que sucede el nacimiento del hijo esperado. Y el relato señala dos elementos: pesebre (fatnê) y pañales (sparganóô). Un pesebre es donde hay bueyes y asnos (Lc 13,15; ver Is 1,3; ver 2 Cr 32,28; Pr 14,4; Jb 6,5; Hab 3,17), se trata de un lugar de forrajes y estiércol, no de nacimiento y acogida. Los pañales, fuera de un texto metafórico (Jb 38,9) se encuentran exclusivamente en Ez 16,4 al hablar del nacimiento (simbólico de Jerusalén) se indican las cosas habituales en todo nacimiento que, en este caso no se hicieron: no se le cortó el cordón, no se lo lavó con agua, no se lo frotó con sal y no se lo envolvió en pañales. Se trata de lo que se supone ocurre con todos los niños. Curiosamente, el signo que Dios quiere dar frente a algo tan novedoso y decisivo para la historia humana, estará dado por el pesebre y los pañales.

Unos pastores vigilaban el rebaño. El oficio de pastores (no es así lo que ocurre con el poseedor de ovejas propias que las lleva a pastar) era muy mal mirado porque se prestaba a la mentira y el robo (no había forma de confirmar si una oveja faltante había sido o no responsabilidad, por ejemplo, de un lobo). También aquí, como los magos, nos encontramos con un colectivo despreciado por la sociedad. Pero es a ellos a los que “el ángel” y “la gloria” se les manifiestan. El temor reverencial es propio de estos momentos epifánicos, de allí el frecuente “no temas”. Sin embargo, algo tan decisivo como el nacimiento de un “salvador”, que es “Señor” y “Mesías”, que es “alegría para todo el pueblo” recibe como señal divina la insignificancia del heno, el estiércol y los pañales. El Salvador, que en los Salmos y, en general en los Profetas, es siempre Dios, es además Ungido (Mesías / Cristo) y “Señor”. Dios está presente en este humilde acontecimiento de “sucios” y “suciedad”. Pero la “alegría”, que caracteriza el Evangelio de Lucas por doquier (1,14.47; 6,13; 8,13; 10,17.20; 13,17; 15,6.7.9.10.32; 19,6.37; 24,41.52) y que en este caso es “para todo el pueblo”, es alegría que tiene que ver con el derramamiento del perdón (1,77; otro tema propio de Lucas: 1,77; 3,3; 24,47), es la gloria del pueblo (2,32), es la visita de Dios a su pueblo (7,16), causa de que el pueblo alabe a Dios (18,43), por lo que lo escucha atentamente (19,48; 21,38) por lo que lo reconocía (20,19; 22,2; y lo sigue, 23,5) como profeta de Dios (24,19). En medio del clima de sumisión y opresión, desde unos marginados y un lugar marginal “todo el pueblo” puede experimentar la alegría porque Dios se hace cercano a su vida y sus sufrimientos.

El ángel, con un coro, canta la gloria de Dios en las “alturas” (donde habita el “Altísimo”, otro término frecuente en Lucas) y – en la otra punta – “en la tierra”, ¡paz!, allí donde habita la humanidad (en quien Dios se complace, como se complace en revelar a los “pequeños” los misterios del reino; 10,21). De un modo semejante, la multitud de discípulos, cuando Jesús entra en Jerusalén canta la misma “gloria en las alturas” y a su vez la “paz en el Cielo”, en este caso porque en el nombre del Señor (= Dios) viene el rey (19,38). Dios está interviniendo en la historia, brillando en el Cielo, regalando su paz, pero lo hace en lo escondido y sencillo de lo inesperado. Al ver los signos, los pastores vuelven dando “gloria” y “alabanza” a Dios (2,20) por lo que han oído y visto (= pañales y pesebre). El imperio romano puede hacer sentir su poder a toda la humanidad, pero desde lo insignificante y despreciable pueden surgir cantos de alabanza y esperanza, de alegría y de vida que lo serán para “todo el pueblo”.

Hoy, como ayer, solemos encandilarnos con el brillo de lo esplendoroso; sea el Templo, el palacio, la gloria del Emperador o los faros de la farándula, las luces del shopping o los aplausos de los importantes. Hoy todo nos invita a mirar con unos ojos, en una dirección, y a aceptar sometidos un mundo tal “como está”, el statu quo y el establishment, y aceptar la paz que ellos nos dan y la (escasa) alegría que nos permiten. Pero Dios nos invita a mirar con otros ojos, nos dice que hay otro mundo posible, otras cosas por mirar, otra alegría y otra paz. Hoy podemos ver una Navidad de luces y estruendo, de trineos y un ancianito sonriente (Santa Claus o Papa Noel, vaya a saber cómo se llama), con las luces de la compra venta y las sonrisas plásticas de sentirse parte, e integrados, por poder comprar o comer, regalar o ser regalados… o un oscuro pesebre rodeado de marginales y una alegría popular alcanzada por una paz distinta a la que trae “lo establecido”, con una historia que nos invita a mirar otros acontecimientos, con un niño y un pueblo… una historia que nos invita a vivirla y a soñarla desde otro lugar.

Hoy, ¡y de nosotros depende!, podemos celebrar un nacimiento o el imperio del Mercado. Podemos ser gestores – por acción u omisión – de migrantes, y violencia, de excluidores y excluidos, o podemos dejar que Dios nos muestre los signos que él elige mostrar y dejarnos enseñar por ellos para cantar la alegría de un pueblo que seguirá siendo despreciado (“bárbaros”, o “vulgares”, decían ayer y hoy) porque, evidentemente, muchos prefieren una fiesta en Lago Escondido antes que rodeados de estiércol y paja, muchos prefieren ser mascotas antes que hermanos y hermanas de los despreciados, muchos prefieren el estruendoso sonido del Clarín antes que el silencioso coro de los ángeles, muchos prefieren besar el anillo del Capo de la Mafia antes que besar la mejilla sonriente de un niño con pañales.