12/6/2021

Política

Pfizer, El jardinero fiel y las víctimas necesarias

El lobby de Pfizer vuelve al ruedo. En 2005 se estrenó la película El jardinero fiel, basada en el libro de John Le Carre, que ficciona la historia sobre la responsabilidad de Pfizer en la muerte de niños en Africa. Las actuales exigencias y la confidencialidad de los contratos por la provisión de las vacunas, tienen un antecedente en estos hechos.

Autor de la nota: Silvio Schachter

Silvio Schachter

Publicado el 12 de Junio de 2021


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El jardinero fiel -The constant gardener- es un film dirigido por el brasilero Fernando Meirelles, realizador de la aclamada Ciudad de Dios, con las estupendas actuaciones protagónicas de Ralph Fiennes como Justin Quayle y Rachel Weisz en el papel de su esposa Tessa Quaylepor, el cual obtuvo el Oscar a la mejor actriz de reparto. El guion se basa en la novela del mismo nombre escrita por John Le Carre publicada en 2001. El film cuenta además con la magnífica banda sonora de Alberto Iglesias, donde se destaca el hipnótico tema de Ayub Ogada – Kothbiro. 

Es una historia de amor unida a un tema político de enorme actualidad, Justin es un hombre sin convicciones políticas con un cargo burocrático en el servicio exterior británico, que dedica su tiempo libre al cuidado de su jardín, hasta que cuando muere Tessa, descubre quién era realmente la mujer a la que amaba y dando un giro a su vida se involucra en lo que ella investigaba y por lo cual fue asesinada. La historia transcurre en Kenia, en el corazón de África, el continente donde se dan los mayores dramas del mundo.

Tessa descubre como las grandes empresas farmacéuticas manejan inescrupulosamente el mercado de las medicinas en el continente africano. La compañía farmacéutica internacional KDH, apoyada por Three bees, su aliada en el país, creó Dypraxa, un fármaco en estudio que se empleará en el tratamiento de la tuberculosis multi resistente. KDH es la versión fílmica de Pfizer.

Los resultados con Dypraxa no son los esperados, genera graves efectos secundarios que las empresas ocultan con la complicidad del Comisionado Británico. Justin descubre que Tessa fue víctima de los sicarios de la empresa, debido a que quería detener las pruebas de Dypraxa.

La novela de John Le Carre se basa en un hecho real ocurrido en 1996, cuando unas 200 familias de Kano, al norte de Nigeria denunciaron que fueron objeto de un experimento para probar un medicamento llamado Trovan que utilizo a sus hijos como cobayos humanos. Los “daños colaterales” del experimento causaron la muerte de 11 niños y secuelas graves a decenas de ellos. En 2009, pasada más de una década desde el crimen empresarial, Pfizer negocio con el gobierno de Nigeria el pago de 75 millones de dólares, 10 millones en costes legales, 30 millones para el Gobierno del Estado de Kano, y 35 millones para para indemnizar a las familias y evitar así que la causa criminal que había comenzado en los tribunales llegase a prosperar.

La historia del experimento del medicamento Trovan fue corroborada por uno de los médicos de la compañía, Juan Walterspiel, quien denunció la violación de las normas éticas en el ensayo clínico. Poco después Walterspiel fue despedido.

La información sobre el caso apareció en un informe del gobierno nigeriano que fue denunciada por el Washington Post en 2006, cinco años después de que le Carré publicara su libro y poco después del impacto que produjo el estreno de la película.

Durante esos años Pfizer trato por todos los medios posibles de justificar su actuación, y abortar la investigación contando, entre otros, con los servicios mediadores del ex presidente, el general Yakubu "Jack" Dan-Yumma Gowon, dictador y jefe de la junta militar que gobernó ese país desde 1966 hasta 1975.

Según la información del Washington Post, Pfizer seleccionó a 100 niños del hospital de Kano, donde estaban siendo tratados de una cepa muy letal de meningitis. La comisión de expertos que redactó el informe consideró que Pfizer había llevado a cabo “una explotación de los ignorantes”, abusando de su desconocimiento y probando una droga ilegal sin su consentimiento real.

Entre los documentos de la diplomacia de EEUU se halló un telegrama fechado en esa época que dice: "La imagen de Pfizer en Nigeria ha quedado dañada con este caso. Los directivos de Pfizer consideran que Nigeria es un mercado creciente para sus productos y dejar atrás este caso ayudará a reconstruir la imagen de la empresa".

Vacunas, un negocio sin riesgos.

Los contratos secretos donde las farmacéuticas fijan sus exigencias, entre ellas la cobertura legal ante cualquier consecuencia que genere la aplicación de las vacunas, fueron firmados por muchos gobiernos ante la urgencia de contar con las vacunas para enfrentar el desarrollo letal de la pandemia. El cuadro se agudizó por la disputa con los países centrales que rápidamente acapararon la producción de los laboratorios. Ante la alternativa de una respuesta humanitaria común para una catástrofe universal, prefirieron hacer valer su posición dominante para el sálvese quien pueda. En esa dirección, Pfizer mostro claramente cuáles eran sus prioridades y sus vacunas una mercancía de altísima demanda a colocar sin riesgos.

Pfizer y las otras corporaciones farmacéuticas contaron con la complicidad de gobiernos y funcionarios internacionales, en el Parlamento Europeo a mediados de noviembre, la comisaria de Salud, Estela Kiriakides, afirmó: "Debido a la naturaleza altamente competitiva de este mercado, la Comisión está legalmente imposibilitada para desvelar la información que contienen estos contratos". Jonathan García, experto en salud pública en la Universidad de Harvard, en EE.UU., señalo "esto no es nada nuevo; es frecuente que en los contratos entre los sistemas de salud de los países y las farmacéuticas se incluyan cláusulas de confidencialidad

Similares argumentos se escucharon en todas latitudes. En Argentina no hubo acuerdo con Pfizer, según se informó porque consideraron inaceptables sus exigencias. Pero se firmaron los contratos para la provisión de las vacunas con AstraZeneca/Oxford y Sputnik V. y según el Ministerio de Salud "los mismos fueron suscritos en el marco de la ley 27.573 ,de vacunas, aprobada en noviembre de 2020, por la cual se faculta al poder al Poder Ejecutivo Nacional, a incluir cláusulas o acuerdos de confidencialidad".

Ante la magnitud de contagios y fallecimientos, la desesperación por contar con vacunas pudo más que el derecho de la población a estar informada cuando su salud es la está en riesgo.

Por otra parte, la oposición que avalo la aprobación de la ley, sigue en su accionar lobista a favor de Pfizer, en una ominosa puja política y comercial. Todo vale.

Mientras tanto en todo el mundo se alzan voces, que no solo reclaman transparencia, como lo afirma el Manifiesto ¡Acabemos con el sistema de patentes privadas! un llamamiento de personalidades de todo el mundo que señala: “Gracias a un enorme esfuerzo científico basado en la colaboración internacional y a históricas sumas de dinero público, la humanidad ha podido desarrollar varias vacunas contra la COVID-19 eficaces en menos de un año. Sin embargo, este gran logro puede verse, totalmente, ensombrecido por la codicia de la industria farmacéutica. En una situación tan crítica como la que vivimos, el criterio de excepcionalidad que se exige a la mayoría de la población debe aplicarse, también, sobre la industria farmacéutica privada y su permanente sed de beneficio. Liberar las patentes relacionadas con la Covid-19 debe ser una prioridad y un primer paso”

No se debe obviar la evidencia, que como ocurrió con otros experimentos, en el caso del COVID 19, las multinacionales farmacéuticas han desplazado sus investigaciones hacia los países emergentes para reducir costes en el reclutamiento de voluntarios. Un método que también busca externalizar los riesgos ante efectos no deseados.

El mérito de El jardinero fiel es que, además de una trágica historia de amor y de intriga, se exponen sustanciales cuestiones como el manejo de la información y el consentimiento, las enfermedades infecciosas y la situación sanitaria en Africa, el manejo de las corporaciones farmacéuticas y la manipulación de los datos y el fraude publicitario.

Tanto el libro como la película denuncian que África no puede ser el laboratorio de occidente y así lo declara un personaje: "No, no ha habido asesinatos en África. Solo lamentables muertes y de esas muertes obtenemos los beneficios de la civilización. Beneficios que obtenemos fácilmente porque esas vidas se compraron muy baratas". El jardinero fiel explica muy bien cómo funciona todo ese mundo de pruebas, intereses, que implica a gobiernos y empresas y donde los pacientes son, además del eslabón más débil, el menos importante y en muchos casos las victimas necesarias.

La película replantea uno de los ejes principales en el debate sobre los temas relacionados con la ética de la ciencia, donde como explica Guillermo Folguera “el mercado digita y las respuestas características que se dan desde la ciencia y la tecnología reproducen ese esquema… donde el Estado no está ausente sino que reproduce las lógicas empresariales” (Guillermo Folguera, La ciencia sin freno, 2020, CFP24 ediciones).

La denominada Gran Farmacia, que concentra sus esfuerzos en las enfermedades del mundo occidental en desfavor de las enfermedades endémicas que matan en los países pobres, nos recuerda que no son filántropos y que se deben a los accionistas de sus empresas, que se dedican a una de las actividades más provechosas del capitalismo globalizado, rentar con la salud de la humanidad.



Silvio Schachter es arquitecto, periodista e investigador. 
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