11/2/2021

Opinión

Preguntas presentes para un futuro sin femicidios

Mientras el 2021 sigue llevando en el calendario más femicidios que días, la necesidad de dar respuesta a una urgencia que pareciera resbalarle a las políticas públicas y presupuestos, se hace tangible en los cuerpos rotos de desidia y en el dolor colectivo.

Autor de la nota: Belen Acuña

Belen Acuña

Publicado el 11 de Febrero de 2021


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El femicidio de Úrsula Bahillo que conmociona a la localidad bonaerense de Rojas y a todo el país por la crudeza de la impunidad con la que cometió los crímenes su agresor, Matías Ezequiel Martínez, agente de la policía de la provincia, vuelve a subrayar una pregunta que tácitamente se mueve en cada uno de los pedidos de Justicia: ¿Qué hacemos como sociedad con el femicida?

 

A primera hora de la mañana de ayer, un hombre de 29 años se presentó en una comisaría de Santa Fe para confesar que había asesinado a un hombre de 40 años que había abusado de una niña de 4 años, hija de su pareja.

 

En el primer caso tenemos un hombre que es denunciado más de una docena de veces por violencia de género, pero no tiene ningún tipo de reprimenda más que una perimetral que nada ni nadie le impidió violar a menos de un mes de ser impuesta. Su violencia y el femicidio que comete son encubiertos y respaldados por la policía, que desestimó varias de las denuncias previas, violentó a la madre de la víctima y hasta llegó a balear apuntándole a la cara a una de las amigas de Úrsula que llegó a la comisaría a pedir Justicia.

 

En el segundo, un hombre que realiza justicia por mano propia y se entrega ante quienes debieran de haber prevenido el abuso del ahora hombre fallecido, con una cuchilla ensangrentada en la mano. En ambos casos las preguntas son las mismas: ¿Qué pena merece un abusador, un femicida, un acosador? ¿Cómo confiar que el Estado, a través de la Justicia o la Policía harán Justicia, cuando ya son 4 los integrantes de las fuerzas de seguridad que perpetraron femicidios durante este año y todos los crímenes siguen impunes?

 

“Hay que meterlos a todos en la cárcel para siempre”, claman algunos, “Hay que matarlos” dicen otros. “Hay que dejarlos libres y reeducarlos”, “Hay que mandarlos a terapia”; “Al manicomio” “Hay que castrarlos” dicen otras voces; pero todas intentan resolver lo mismo.

 

Nuestro país tiene un plan estatal para quienes trascienden las normas, la cárcel. Una cárcel que jamás cumplió el rol de reinsertar a los individuos a la sociedad, sino todo lo contrario; una cárcel de condiciones inhumanas donde la gran mayoría de personas se encuentran allí por robos menores, como tenencia y venta a pequeña escala de estupefacientes, hurto, entre otras. Pero realmente ¿juntar a los violentos entre rejas resolvería la violencia de género?

 

No obstante, la mayoría de los imputados por violencia de género se encuentran en libertad, sus procesos judiciales son encajonados y juntan polvo sobre la sangre de las víctimas; mientras están libres reinciden en la violencia una y otra vez y ni la Justicia ni las fuerzas de seguridad están ahí para detenerlos; entonces es claro que el plan del Estado para resolver la problemática de desigualdad y violencia de género no funciona. Quizá, porque los femicidios, las violaciones, el acoso, los abusos sexuales, no son crímenes aislados donde una única persona es responsable y cumple condena por ello; la violencia de género es sistemática, estructural e histórica, y encerrar eternamente a un grupo de los miles que a diario violentan mujeres quizá no sea la solución.

 

¿Pero qué otra solución hay cuando el plan del Estado falla? Para el joven que vengó el abuso sexual de la hija de su pareja asesinando al agresor, el asesinato, la “justicia por mano propia” fue una opción viable. Pero, ¿cuál es la solución? ¿qué debería suceder entonces, deberíamos de andar todos y todas armadas preparados para matar ante lo primero que creamos una injusticia? ¿deberíamos matar a todos los hombres para prevenir más femicidios? Quizá esa tampoco sea la solución.

 

Castrar a todos los femicidas y abusadores de poco serviría si tenemos en cuenta que no es necesario un sistema reproductor masculino funcional, para poder asesinar o violar o acosar.

 

Las mujeres somos quemadas, empaladas, mutiladas, enterradas, ahogadas, violadas en manada; castrar a los femicidas evitaría que estos tengan hijos, pero no más que eso. Quizá la solución es propuesta pensando que los violentos llevan una carga biológica que los hace así, pero la realidad es que son sanos, no están locos, no están predestinados, ningún niño nace femicida, pero la cultura de la desigualdad de género y la violencia cotidiana si los puede convertir en potenciales violadores, acosadores, golpeadores, asesinos en pocos años. Solo basta con hacer que los niños reproduzcan la violencia patriarcal, enseñarles a tener vínculos mediados por la violencia y a relacionarse con las mujeres y disidencias poniéndose en una posición de superioridad.

 

Pero los femicidas de hoy no fueron necesariamente educados por padres violentos, muchas veces simplemente absorbieron lo que la sociedad tenía para darles: películas porno que muestran violaciones reales; medios de comunicación que cuestionan la vestimenta de una víctima en vez de mencionar la impunidad del agresor; escuelas sin educación sexual que dejan librado al azar el conocimiento, la comprensión y la exploración de la sexualidad, el género y los vínculos; variedad de productos culturales que hacen apología constante a la violencia de género; entre otras muchas situaciones cotidianas. ¿Entonces de qué serviría deshacer la posibilidad biológica de que los agresores tengan hijos o más hijos, si la sociedad entera está abocada a formar nuevos violentos?

 

Hay quienes llaman a reeducar a los violadores, femicidas, acosadores y abusadores, pero si la gran mayoría de ellos pasó anteriormente por una escuela ¿qué es lo que cambiaría? ¿quién los educaría y bajo qué perspectiva? ¿hay posibilidades de que clases semanales logren cambiar el pensamiento de una persona que asesinó a otra por el simple hecho de ser mujer? ¿hay esperanzas, o los violentos de hoy ya no tienen esperanza y se deberían enfocar los recursos a evitar más personas que reproduzcan la violencia machista? ¿y si no tienen esperanza, qué se debería hacer con ellos, dejarlos que sigan con sus vidas como si nada hasta que mueran? ¿Y si hay una esperanza, de qué forma le aseguramos a las víctimas, a las familias, al resto de las mujeres y niñas, que ese hombre violento efectivamente cambió su conducta? ¿cómo se reinserta a ese agresor deconstruido en una sociedad que aunque él haya cambiado, sigue naturalizando y promoviendo la violencia de género?

 

Entonces, tal vez la solución al problema de la violencia de género no esté enfocada en particular en cada uno de los violentos, sino en el conjunto de la violencia de género de nuestra sociedad. Si encarcelar a todos los violadores, abusadores, golpeadores, femicidas impunes del país, no evitaría que sigan surgiendo de forma ilimitada fuera de los muros de la cárcel; si castrarlos no evita que la violencia se siga reproduciendo; si reeducarlos no garantiza que efectivamente aprendan; si educar a las nuevas generaciones en nuevas formas de vincularse no violentas, no termina con la violencia actual; si asesinar a todos los que asesinan no puede prevenir ningún crimen, sino sólo generar más violencia; entonces lo más probable es que todas esas propuestas no estén resolviendo el tema de fondo: nuestra cultura, la cultura a la que todos aportamos diariamente, nos nutrimos de ella y la sostenemos.

 

Si el cambio no es cultural, si la solución no es colectiva y no se hace parte a toda la sociedad en conjunto, si toda la responsabilidad se delega a las víctimas o a los victimarios, entonces no habrá una transformación profunda que realmente saque de raíz las creencias, estereotipos, símbolos, palabras, ideas y acciones que sostienen el patriarcado en nuestro país.

 

Tal vez sea hora de hacer una convocatoria a todo mundo, a cada uno y una, a sí mismo, para empezar a discutir ¿Qué hacemos con los femicidas? ¿Qué hacemos con las víctimas? ¿Qué hacemos con el Estado, las fuerzas de seguridad y la Justicia? ¿Qué hacemos con el futuro? ¿Vamos a permitir que el mañana también sea machista?

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